Capítulo 4 (y último)

Llegamos por fin a la conclusión de la historia, que en cuanto termine de subir al blog, subiré también a yoescribo.com, para aquellos que prefieran tenerla toda junta y en pdf. En yoescribo.com tardará un tiempo en aparecer, ya que tardán entre una y dos semanas en maquetar las historias que se les envían. De todos modos, aquí va el capítulo, para los que hayáis seguido la historia desde el principio. Espero vuestros comentarios.

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INVASIÓN (CAPÍTULO 4)

—No hace falta que te levantes —dijo Belfort en cuanto se dio cuenta de que Luis le había reconocido—, mejor que descanses.

—¿Qué coño ha pasado aquí? —preguntó Luis, entre sorprendido y asustado. No sólo no sabía qué hacía ahí encerrado, sino que además algo no encajaba si Belfort estaba allí.

—¿Recuerdas que te dije que sospechaba que algunos de los comerciantes eran colaboracionistas? Pues creo que olvidé mencionarte que yo sí lo era. Ya sabes, piensa el ladrón que todos son de sus condición.

—¿Colaboracionista? Yo diría traidor —exclamó un airando Luis—. ¿Qué te han prometido? Déjame adivinar, te dejan vivir tranquilo si tú les ayudas a descubrir a posibles traidores, ¿no?

—Me parece que has visto demasiadas películas de ciencia-ficción. Hay una cosa en la que no te mentí: sí que soy un comerciante.

—Entonces, ¿me vas a explicar esto? ¿No se suponía que íbamos a comerciar con un montón de cajas de Coca Cola? ¿Se puede saber qué estoy haciendo aquí? ¿Me van a torturar o acaso me quieren matar?

—Bueno, supongo que con el tiempo que te queda no hay sentido en que te oculte la verdad. Ahora sí que me parece que estarás mejor sentado. Historias así es mejor escucharlas cómodamente.

—¿Vas a dejar el misterio de una puñetera vez? Si voy a morir, quiero saber por qué.

—Vale, no pasa nada, nos sobra tiempo, que tengo buena mano con nuestros amigos los extraterrestres. No olvides que eres un privilegiado, de hecho, creo que eres el primero que va a conocer esta historia antes de morir.

—¡Basta! —gritó Luis, ya desesperado— ¡Dímelo ya de una puñetera vez!

—Bien, al grano. Como ya te he dicho, sí que soy comerciante, pero en realidad nunca he comerciado con Coca Cola, ni yo ni nadie. ¿Qué crees que podrían necesitar de nosotros unos alienígenas con una tecnología tan avanzada?¿Tornillos? ¿Gasolina? ¿Coca Cola? Algunos sois tan ilusos que me hacéis hasta gracia. Sorpresa, estos tipos no necesitan nada de nuestra patética tecnología, pero eso no quiere decir que no necesiten nada de nosotros. Por si aún no lo has deducido por ti mismo, te voy a dar un ejemplo para que lo entiendas. En este planeta, éramos la especie dominante y lo aprovechábamos comiendo pollos, cerdos, vacas y demás especies animales. Pues, para resumirlo en pocas palabras, ahora hay una nueva especie dominante en el planeta.

—¿Qué?

—Vamos a ver, ¿necesitas que te lo deletree? Venga, te lo voy a poner aún más fácil: si quieres, desde ahora te puedo llamar filete. Seguro que en toda tu vida nadie te ha llamado así.

—¡Maldito hijo de puta! —gritó Luis entre incontrolables llantos— ¿Cómo puedes hacer algo así? Retiro, lo dicho, no eres un traidor. Eres algo peor, pero no creo que aún se haya inventando la palabra para definirlo.

—Me gusta ver que todavía tienes espíritu combativo. Yo solía ser así, pero la guerra me cambió. Yo era soldado y estuve siempre en primera línea de fuego. Te puedo asegurar que después de ver morir cientos de compañeros en el campo de batalla, dejas de pensar en la victoria, tu país y todas las arengas patrióticas que hayas podido escuchar a tus mandos. No tardas en cambiar tus prioridades y ponerte por delante de todo y todos, y en poco tiempo, la supervivencia se convierte en objetivo prioritario. Yo fui hecho prisionero durante los primeros meses de contienda, cuando los Flang todavía estaban interesados en saber cosas sobre nosotros, y tuve la suerte de formar parte de un grupo al que respetaron bastante. Debido a eso, fui testigo de muchas atrocidades contra los demás humanos y descubrí también que nuestra carne les gustaba. Pasar de prisionero a mayorista cárnico para los Flang fue, a mi entender, un paso bastante lógico.

—¿Y para qué te iban a necesitar? —preguntó Luis, que había dejado ya de llorar—. Les he visto luchar desde que llegaron y he visto su potencial. Podrían ir a por nosotros cuando quisieran. ¿Para qué depender de traidores humanos para conseguir su alimento?

—Digamos que durante mi internamiento como prisionero también descubrí otro de sus pequeños secretos. Si dices que les has visto luchar, supongo que también habrás visto los aparatosos uniformes que usan. Pensábamos que eran un medio de protección, pero eran algo más: estos tipos no pueden respirar nuestro aire. Esa es precisamente la razón de que sus ciudades tengan una microatmósfera creada a imagen de la de su planeta. Por lo que puede averiguar, están tratando de transformar toda la atmósfera de la Tierra, pero van a necesitar mucho tiempo. Como puedes imaginar, compré mi libertad a cambio de un suministro continuo de carne y de guardar el secreto.

—Lo dicho, más que traidor. ¿Tenías información que podía llevar a la derrota de los Flang y la ocultaste?

—Creo que ya te he explicado lo de la supervivencia, pero te lo volveré a explicar. Tengo mis prioridades muy claras y después de sufrir derrota tras derrota, uno llega a ver bastante claro que ni ese detalle nos hubiera salvado. En pocos meses estaríamos todos muertos, y eso no entraba en mis planes. Todavía soy muy joven para morir

—¿Y yo no? —preguntó Luis entre sollozos— ¿Acaso yo no soy también joven para morir?

—No te esfuerces por intentar ablandarme, hace mucho tiempo que aprendí a no encariñarme con nadie. Además, mi madre me enseñó de pequeño que no había que jugar con la comida.

—¿Qué?

—Venga, vamos a dejarlo, que ya me estoy cansando de tanta historia y tanta explicación. Perdóname el chiste fácil. Al grano. Hay una nueva especie dominante en el planeta y ahora nosotros somos una especie inferior. Por suerte, entre los inferiores aún hay clases. Estamos los que hemos sido capaces de hacernos necesarios para los Flang y los que para ellos no sois más que simple alimento gratis. Como ya te he explicado, ellos no pueden respirar nuestro aire y por eso crearon las microatmósferas que se respiran en sus ciudades. Dependen de gente como yo para conseguir su comida especial. Pueden sobrevivir a base de pollo, cerdo o ternera como nosotros, pero nosotros somos su plato favorito.

—¿Cómo puede alguien traicionar así a sus semejantes? —preguntó Luis que ya lloraba desconsoladamente—. ¿Cómo has podido llegar a ser tan hijo de puta?

—Ya me he cansado —respondió Belfort—, que se hace tarde y se acerca la hora de comer de los Flang. Si te sirve de consuelo, creo que vas a ser el plato fuerte de una comida muy importante. Creo que viene de visita uno de los más famosos generales de su ejército.

Belfort se acercó a una pared y pulsó un interruptor. De repente, las paredes que retenían a Luis comenzaron a destellar de forma extraña. Unos segundos después, innumerables rayos salieron de ellas y fueron a entrar en su cuerpo, tras lo que perdió el conocimiento.

FIN

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