Coedición, otra vez

Uno empieza a cansarse de los cantos de sirena de las editoriales que se dedican a la coedición.

Hoy he recibido respuesta de una editorial que estaba evaluando aquel manuscrito que Sandra Bruna estuvo a punto de representar. Me ofrecen coedición, lo cual por definición ya me echa atrás, pero además, hacen algunas cosas que me fastidian bastante, aunque debo reconocer que me han servido para darme cuenta de su poca seriedad. Como es una editorial nueva, y no sé aún (aunque no parece que sea así) si lo de la coedición lo hacen por no contar con suficiente dinero por esa misma razón, omitiré el nombre. No es el caso de la editorial Entrelíneas, de la que muchos autores saben ya.

Punto por punto, veamos lo que han hecho, que no difiere mucho del proceder de otras editoriales similares:

1) Me envían un «informe de lectura» de una única página. La segunda página del documento que me mandan es el presupuesto de edición y más cantos de sirena en forma de cifras y mis posibles ganancias si la primera edición se vendiera completa.

2) No encuentran ninguna pega a mi obra, absolutamente nada. Ni yo me creo que mi novela sea 100% perfecta (y dudo que haya muchos escritores que piensen así de las suyas) o que pueda gustar por igual y sin fisuras a toda una editorial, tanto departamento de lectura como editor (ni no son la misma persona).

3) Me responden sólo dos semanas después de enviar el manuscrito. Se trata de una editorial que se ha anunciado bastante en foros en los últimos tiempos y que, por definición, ha tenido que recibir un aluvión de manuscritos. ¿Acaso pretenden que me crea que en dos semanas han valorado perfectamente el manuscrito que les envié, aunque fueran sólo 186 páginas en A4?

4) Me doran la píldora de una manera descarada. En parte, reconozco que han entendido lA idea de la novela, aunque eso no me vale. De siempre, he sido un gran aficionado a series de televisión como «Cuentos asombrosos», «Historias de la cripta» y en definitiva historias más o menos cortas de corte fantástico o ciencia ficción, con una historia entretenida pero a la vez tremendamente irreal. El caso es que mi novela ha heredado mucho de esa afición, y reconozco que se han dado cuenta. Lo que más me fastidia es que comparan su estilo con «Sin noticias de Gurb», una de las novelas de Eduardo Mendoza que más me gusta. Si mi estilo es comparable al de uno de los autores más premiados de este país, ¿por qué narices tengo que pagarles por publicar? Que alguien me lo explique, porque yo no lo entiendo.

Les he escrito ya un email en el que educadamente expongo mi postura: no tengo intención de pagar por publicar, tanto si se trata de autoedición, como si lo llaman «coedición». Si la novela es tan entretenida como la pintan, e incluso se atreven a compararme con Eduardo Mendoza, seguro que habrá alguien dispuesto a apostar por ella. Y si es una mierda, espero que me lo digan (tú no, Troll, que no la has leído).

Saludos a todos, os mantendré informados.

¿La «lacra» de lo comercial?

Últimamente, algunos anónimos han repetido mucho la expresión “literatura comercial” en este blog, como sinónimo de “basura”, “mala calidad” y unos cuantos apelativos más, todos negativos. Echando la vista atrás, y pensando en esas palabras y cómo se ven en otros aspectos de nuestra vida, me ha dado por pensar en la facilidad con la que a veces las usamos, sobre todo cuando tratamos de denostar a aquellos que han conseguido algo que nosotros no hemos logrado.

Estoy seguro de que entre los que critican “Operación triunfo” y sus participantes de forma hiriente, hay muchos que se presentaron a sus múltiples castings y fueron rechazados. Entre los que arremeten contra el último éxito de taquilla de Hollywood hay, casi con total seguridad, unos cuantos que creen que sus proyectos cinematográficos más humildes (y más oscuros en muchos casos) deberían tener las mismas posibilidades, y que se les está negando el éxito por dárselo a aquéllos.

Por descontado, entre los que critican a Dan Brown, J. K. Rowling o cualquiera que haya escrito una novela de éxito, hay muchos que escriben magníficamente y que están aún en la sombra porque sus escritos no son tan “vendibles”, pero también los hay que no son capaces de juntar tres frases coherentes seguidas y aun así, esgrimen el “porque yo lo valgo”. Algunos, incluso se atreven a decir que la situación de la literatura actual les lleva a la autoedición, coedición, o a esas “editoriales digitales” que publican ebooks con un nivel de diseño equiparable a clase de dibujo de 5º de EGB (o como se llame ahora). Un día de estos escribiré algo sobre esas “editoriales”, pero ahora no viene al caso.

Puede que sí, y puede que no. Por supuesto que hay gente con gran talento en la música, el cine o la literatura que se ha visto eclipsada por esas opciones más “vendibles”, pero basta ya de plañideras cuya justificación para la mediocridad es sacar punta a lo que hacen los demás, metiendo a todo el mundo en el saco de lo comercial. No seré yo el que diga que J. K. Rowling no ha dado con una fórmula muy vendible, pero no por esa razón creo que se le deban negar sus méritos. Ha conseguido que muchos niños de todo el mundo pierdan el miedo a leer “tochos”. He leído en diversos sitios que existe la posibilidad que una vez acabada la saga del niño mago, esos niños que leían sus tochos no cojan otro libro más, pero si la aportación de Harry consiste en que unos cuantos de esos niños (como si son el 5%) se atrevan con otros libros de más “enjundia”, bienvenida sea. Si un autor consigue crear nuevos aficionados a la lectura, me da lo mismo cómo se inicien éstos. Como si es con la etiqueta del champú.

Por el lado de los escritores, sobre todo los aficionados y noveles, no negaré el daño causado por las películas de “El señor de los anillos”. En los últimos años, la cantidad de adolescentes y no tan adolescentes que afirman estar escribiendo una “trilogía”, ha crecido exponencialmente en los foros literarios. Pero tampoco voy a negar que incluso esas “trilogías”, que por su pésima calidad en muchos casos espero no lleguen nunca a publicarse, pueden servir para acercar a la escritura a nuevos valores muy interesantes. Probablemente, muchos de esos escritores se quedarán por el camino, pero mientras haya unos cuantos que descubran en ese “capricho” una vocación sincera que les lleve a seguir adelante, también me vale. Debemos recordar que el libro ha dejado de ser ese objeto extraño que sólo se regalaba a los estudiantes o se utilizaba para adornar muebles de salón. Ahora hay quien incluso lee esos libros del mueble de salón, y la literatura, aunque poco a poco, se va afincando entre los “currelas”, las amas de casa, e incluso gente sin estudios universitarios (Dios mío, el vulgo nos invade, estarán pensando ahora defensores de la literatura elitista y enemigos de lo comercial).

En definitiva, a lo que quiero llegar es a que antes de hablar de música comercial, cine comercial o literatura comercial, tal vez deberíamos pararnos un poco, hacer un ejercicio de escrutinio de nosotros mismos, y replantearnos si queremos utilizar esas palabras tan a la ligera como se viene haciendo en los últimos tiempos. Los clásicos seguirán siendo clásicos, tanto si se llaman Rimsky-Korsakov, Hitchcock o Miguel Hernández, y nunca dejarán de tener validez. Pero también es necesario que abramos nuestras mentes y sobre todo, nuestros brazos, a nuevos clásicos. Habrá que separar mucha paja del grano, no me cabe duda, pero criticar a todo el que intenta abrirse camino, no es la manera de hacerlo. Jamás habrá una nueva generación del 27, pero sólo porque ya pasó 1927. O mejor, ¿por qué no allanar el camino a una generación del 2027? ¿O del 2008? ¿O del 2009?

Casa de títeres

Esta vez he decidido ceder parte de mi blog a una amiga que está ya inmersa en la publicación de su primera novela, titulada precisamente «Casa de títeres», de la mano de la editorial Maikalili.

La autora de la novela, enmarcada dentro de la colección de terror, fantasía y ciencia-ficción de la editorial, se llama Isabel del Río Sanz, y es la autora de un blog, la odisea del cuentista, que desde hace tiempo figura en los enlaces de esta página.

Isabel es de Barcelona, ciudad en la que se llevará a cabo la presentación de «Casa de títeres», así que todos los que estéis por la zona o cerca, no dudéis en pasaros por allí. Tendrá lugar el viernes 25 de abril en la librería Santos Ochoa de Fabra i Puig. Isabel está ahora en el proceso de ver cuánta gente irá a la presentación, por lo que todos aquellos que queráis ir seguro, pasaros por su blog y enviadle un mensaje, para que la editorial sepa que hay mucha gente interesada. Y lo mismo va para todos aquellos que queráis reservar una copia de la novela.

Para terminar, os dejo un enlace a la primera noticia que ha salido ya en Internet referente a la novela: http://www.leelibros.com/biblioteca/index.php?q=casa_de_titeres

P.D.: Por si alguno lo había pensado, Isabel del Río Sanz no es el seudónimo de Jorge Urreta. 🙂

Peligros del mundo editorial: Los aprovechados (3ª parte)

Hoy voy a retomar la serie de artículos sobre la cantidad de gente aprovechada que hay en el mundo editorial, a raíz de mi última experiencia con otro de ellos.

Hace unos días, oí hablar de una nueva agencia literaria, lo cual me llevó a ponerme en contacto con la misma, con la idea de presentarles la sinopsis de una de mis novelas y ver qué ocurría. Para mi sorpresa, recibí una respuesta en sólo un día, cosa bastante inusual, pero había trampa, y cartón.

Dejaban a las claras desde el primer mensaje que me iban a pedir dinero, concretamente 220 euros, antes siquiera de leer mi manuscrito. En el pasado, ya he hablado de agencias literarias que cobran ciertas cantidades económicas por leer un manuscrito, pero tal cantidad me resultaba exagerada.

Existen varias agencias literarias que cobran una pequeña cantidad simbólica (por lo general, bastante menos de 100 euros) para que el dinero haga de primera criba. De este modo evitan que, por ejemplo, alguien que por la mañana se haya levantado con ganas de escribir una poesía que verse sobre cómo se saca los mocos de la nariz, decida enviarla a probar suerte, aun sabiendo que es una auténtica bazofia.

Hasta ahí, puedo entender lo de la cantidad simbólica, que en la mayoría de los casos ronda los 50 ó 60 euros, pero no que alguien pretenda cobrar 220 euros. Nada más leer el mensaje, me puse a hacer cálculos, y me bastó poco tiempo para sospechar que la intención de la agencia bien podría ser sacar dinero sin dar un palo al agua. Basta con que en este país haya 1000 escritores ilusionados con un manuscrito bajo el brazo (y seguro que los hay). Con que esos 1000 aficionados envíen un manuscrito a esa agencia y paguen 220 euros, los beneficios son impresionantes. Basta con gastar en sobres y sellos, en los pocos casos en los que el autor no haya contactado por correo electrónico, para que la agencia (si realmente lo es) gane varios millones de pesetas con el mínimo esfuerzo.

Es posible que entre los que lean este texto haya alguien que haya tratado con alguna de las agencias que cobran cantidades simbólicas, y tenga la tentación de «saltarme al cuello» metafóricamente, pero quiero que quede claro que no es la intención de este artículo demonizar a todo aquel que cobra dinero por la lectura. A pesar de eso, también quiero que quede bien claro que cuando se cobra algo tiene que ser para dar un servicio, no porque sí. Curiosamente, la agencia que menciono no me ofrecía nada, salvo el favor de su lectura. Cierto es también que un informe de lectura, lo que ofrecen otras agencias, tampoco es una gran garantía, pero digo yo que habrá más posibilidades de que sirva para algo si al menos han tenido que tomarse la molestia de redactarlo.

En conclusión, tened cuidado como siempre, el mundo literario está lleno de lobos con piel de cordero (ahora es cuando a nuestro querido Troll se le revuelven las tripas con eso de los tópicos), así que andad con ojo. Por supuesto, yo mismo soy partidario de acudir siempre a quien no cobra ni un duro, pero no negaré que el informe de un buen profesional (que me consta que los hay) bien vale pagar 50 ó 60 euros. Pero cuidado con los que cobran cantidades desorbitadas por ese «gran servicio» de lectura, que en muchos casos, ni siquiera realizarán.