Lo prometido es deuda

Como dije ayer mismo, hoy voy a incluir en este blog uno de mis relatos. Este en concreto fue presentado hace unos meses a un premio literario, pero no ganó nada. Espero que a vosotros os guste un poco más. Por lo demás, hoy no tengo mucho más que contar. Es viernes y el cansancio de la semana empieza a hacer mella en mí. Espero que lo leáis muchos, ya que hace ya un par de días que no veo ningún comentario nuevo y empiezo a temer que sea el único que está leyendo el blog.

Ahí va la historia:

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SOÑAR DESPIERTO

Otra vez lo estaba haciendo. De nuevo se encontraba en uno de sus habituales episodios de ensoñación. Se suponía que Alfredo Martín se encontraba en la universidad en plena clase de física aplicada, pero, a pesar de que su cuerpo se encontraba realmente allí, su mente se encontraba definitivamente en otro sitio. Soñar despierto era, como solía decir siempre su madre, uno de sus hábitos más deplorables, adjetivo este que Alfredo consideraba excesivamente exagerado para definir una actividad tan sumamente placentera.

Alfredo había sido un soñador desde que había tenido uso de razón. Solía mantenerse quieto durante largos periodos de tiempo mirando al vacío como si no tuviese nada ni nadie alrededor. También había sido escritor aficionado casi desde el momento en que había sido capaz de sostener un lápiz, y soñar despierto era la manera más habitual en que se inspiraba. Nunca había publicado nada y no estaba seguro de querer hacerlo, pero por otro lado le encantaba soñar despierto y las historias que así se le ocurrían. Por lo general, solía acabar por olvidar la mayoría de esos sueños, pero algunos habían llegado a convertirse en relatos cortos bastante notables que bien podrían haber sido publicados.

Durante sus sueños, Alfredo tendía a verse a sí mismo como un héroe todopoderoso sin ningún punto débil, precisamente el tipo de héroe que aparecería montado sobre un caballo blanco para salvar a la atribulada princesa cautiva. En los sueños él era siempre un tipo bien parecido, humilde, y fuerte, muy fuerte. Habitualmente, solía soñar con alguna mujer que le atraía y que siempre parecía encontrarse en algún tipo de dificultad. No aparecían dragones que capturaban hermosas y jóvenes princesas, pero siempre había algún peligro que él podía superar.

Soñar despierto solía ocupar casi todo el tiempo de Alfredo, y a veces incluso el que debería dedicar a dormir. Aunque los sueños nocturnos eran también algo muy placentero, siempre había preferido soñar despierto. Se sentía más seguro así, sabiendo que podía controlar el sueño e incluso encaminarlo en la dirección que él quería, lo cual había sido siempre el detalle más positivo. No le gustaba la sensación de verse a sí mismo dentro de un sueño que no podía controlar y, durante los últimos años, había reducido sus horas de sueño a tres o cuatro por noche. Solía tener aspecto cansado y adormilado durante todo el día y su madre no dejaba de decirle que debería echarse una siesta, pero él simplemente no se preocupaba por eso. La fatiga era ya algo familiar con lo que había aprendido a vivir, por lo que suponía que podría seguir así por muchos años. Pasaba casi todos los días simplemente sobreviviendo, y sus sueños eran una gran ayuda para conseguirlo. Sólo pensaba en vivir sin problemas ni preocupaciones, acabar la universidad — que había sido una imposición de sus padres — y tal vez, en un futuro cercano, ganarse la vida convirtiendo sus sueños en exitosas novelas o al menos relatos cortos.

Y ahí estaba de nuevo. Otro día en la universidad y otro día en su propio mundo. Desde el primer día en la universidad, Alfredo siempre había llevado consigo a clase una pequeña grabadora digital que le permitía centrarse en sus sueños, al tiempo que ella trabajaba por su cuenta. Las clases de la universidad le resultaban muy aburridas, razón por la cual Alfredo solía pasar la mayor parte del tiempo soñando nuevas historias, tanto si era para guardarlas como si iban a ser tan efímeras como de costumbre. A veces, llegaba incluso a escribir algunas ideas sacadas de los sueños, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a permanecer sentado con la mirada fija en el profesor como si le estuviese prestando atención. Era una atención fingida, pero realmente Alfredo era muy bueno fingiendo, sobre todo teniendo en cuenta que jamás había recibido una queja de sus profesores.

Era su último año en la universidad, así que Alfredo había empezado a tomar en consideración la posibilidad de escribir una novela basada en los sueños que había imaginado durante los últimos días. Había creado un personaje sin nombre que estaba recibiendo algún tipo de tratamiento psiquiátrico y había imaginado un problema de múltiple personalidad que le resultaba muy interesante, ya que un personaje como ese podría dar mucho juego y, sobre todo, ser totalmente impredecible. Aún le quedaban tres horas de clase ese día, por lo que Alfredo pensó que podría llegar a escribir unos cuantos buenos pasajes si era capaz de concentrarse en ello. La pequeña y siempre útil grabadora digital estaba ya trabajando y tenía una memoria con capacidad para más de tres horas, así que Alfredo se olvidó de la física aplicada, cogió un lápiz y empezó a escribir en un pequeño cuaderno mientras el relato fluía en su mente. Las palabras acudían a su cabeza cada vez con más facilidad y justo cuando creía que iba a ser capaz de escribir todo un capítulo, sucedió algo inesperado. Tras casi una hora de escribir mientras soñaba despierto, Alfredo sintió una mano en su hombro derecho. Supuso que sólo podía ser una de las manos del profesor, por lo que decidió dejar de escribir y levantó la mirada mientras se preparaba para lo que pudiera ocurrir.

— ¿Otra vez soñando despierto? — preguntó el profesor — ¿y qué personalidad ha sido esta vez?

Alfredo levantó la cabeza y con gran sorpresa se dio cuenta de que ya no estaba en la universidad. Se encontraba en lo que parecía ser la consulta de un médico que, aunque le resultaba muy familiar, no era capaz de identificar.

― Tienes que poner más de tu parte si quieres recuperarte, David ― dijo el doctor ― Si quieres mantener la cordura, es crucial que intentes diferenciar entre la realidad y tus sueños ―. El médico encendió un cigarrillo y continuó hablando ― Por el brillo de tus ojos, me apostaría un millón de euros a que era Alfredo quien estaba contigo esta vez. Tienes que olvidar a Alfredo, David. No te está haciendo nada bueno y pronto no serás capaz de regresar de tus sueños y ser tú mismo otra vez. Esta vez te ha llevado casi una hora regresar a la realidad, y eso es algo que debe cambiar.

― David, sí, soy David, David Robles, ¿qué coño ha pasado aquí?

― Nada, David, nada. Me temo que vamos a tener que vernos muchas veces en el futuro ― Una campana sonó justo en ese momento ―. Bien David, parece que nos hemos vuelto a quedar sin tiempo otra vez. Te veré de nuevo el miércoles a la misma hora y, por favor, trata de ser tú mismo esa vez.

FIN

Motivaciones

Hoy es uno de esos días en los que realmente sueño con ser un famoso escritor de prestigio, pero, como quiero dan a entender con el título, tengo mis motivaciones.

La principal es que estoy hasta las narices (por no nombrar otras partes de mi anatomía) de trabajar. En muchos artículos destinados a escritores o a quien tratan de serlo, hay un consejo que se repite: «Nunca dejes tu trabajo, que la literatura no da para comer», pero he de reconocer que a veces me entran ganas de pasar de todo y dedicarme sólo a escribir.

Para que os hagáis una idea, mi puesto de trabajo es el que se podría denominar como «panchito», es decir, aquel que siempre acaba metiendo horas extras porque alguien por encima de él (y que siempre cobra más) ha metido la pata hasta el fondo. Por cierto, trabajo como informático, concretamente como programador de aplicaciones y páginas web.

En el caso de hoy, la culpa ha sido, como muchas otras veces, de un comercial de esos que venderían a su madre por ganar un cliente. El «entrañable» personaje vendió que podía acabar unas modificaciones de una página del cliente en dos días, si ni siquiera consultármelo primero. Era un cliente muy importante (por razones obvias, omitiré el nombre), pero como pasa siempre con los comerciales cuando se bajan los pantalones ante un cliente, el culo que ponen no es el suyo, sino el del «panchito» de turno. Total, que la cosa se traduce en tres horas extras para mi menda, una comisión para el comercial, y para mí, la misma mierda de sueldo de todos los meses.

Para los que os encontréis en una situación similar, os recomiendo que, si queréis reíros un poco de vosotros mismos, le echéis un vistazo a «Fuckowski, memorias de un ingeniero», novela de un novato con gran imaginación, llamado Alfredo de Hoces. Está disponible en formato electrónico o papel en el portal literario dehttp://www.yoescribo.com, aunque también podéis obtenerla autografiada desde la página del autor, enhttp://www.despacho101.com. A los que no hayáis trabajado en empresas de informática, tal vez algún concepto os suene a chino, pero es un libro muy recomendable para que nos entendáis a los pobres esclavos de la tecla. Por cierto, ni me gano comisión por el libro ni por dirigir a gente a yoescribo.com, simplemente me parece que el libro merece la pena, y es una pena (valga la redundancia) que un libro como ese no se encuentre en librerías.

P.D.: Para los que aún podáis pensar que realmente no escrito nada en mi vida, aparte de tres entradas en este blog, mañana subiré un pequeño relato que escribí hace tiempo. No es muy largo, y espero que os guste. Pero eso será mañana, que ahora me voy a escribir un rato algo más de mi octava novela.

Bienvenido

Bienvenido a mi blog. Si has leído la descripción (ay de ti como no lo hayas hecho) sabrás ya que soy (o me gusta pensar que lo soy) escritor. Pero bueno, de momento no busques mis novelas en la librería de tu barrio (y menos aún en las de las grandes superficies o en la Casa del Libro), ya que todavía no he publicado nada. Llevo casi cuatro años escribiendo, desde que me decidí a hacerlo tras llevar años pensando en ello, y he escrito siete novelas y una colección de historias cortas que considero como mi octava novela.


Prácticamente desde que terminé mi primera novela, he tratato de colarme en el mundillo editorial, tanto por medio de premios literarios, como contactando directamente con editoriales y agentes literarios. El caso es que, a día de hoy, aún estoy esperando respuesta de algunos de ellos. En otros casos, he ido recibiendo cartas (o e-mails) de rechazo más o menos amables, pero sigo sin conseguir nada. Sigo soñando con que algún día conseguiré publicar algo y no desespero, pero a veces uno siente la necesidad de desahogarse con alguien que pueda entenderle. Mis amigos son geniales, pero ninguno de ellos entiende qué es eso de que te guste más escribir que ver la televisión, jugar con un ordenador (y eso que me encanta) o hacer sudokus de esos.


Antes de que los puristas literarios se me echen al cuello diciendo que seguramente seré uno de esos «escritorzuelos» que sólo piensan en publicar, ganar mucho dinero y ser el nuevo Dan Brown, diré que casi tienen razón. No voy a negar que he pensado muchas veces en esa posibilidad (uno tiene una hipoteca que pagar), pero creo que alguien que ha escrito a razón de dos novelas por año en los últimos cuatro años, no ha publicado nada, y a pesar de todo, no ha dejado de escribir, ha demostrado ya que no es un simpe oportunista, ¿no?


Pues bueno, ahí queda eso. En el futuro, tal vez incluso me anime a publicar aquí alguna de mis historias cortas.