La isoportable lentitud del ser… escritor

No me cansaré de decir a todo el mundo que en los últimos años he aprendido a ser más paciente y he llegado a acostumbrarme a los largos periodos de espera impuestos por los premios literarios o las comisiones de lectura de las editoriales, pero a veces, se llega a hacer un poco desesperante.

Hace poco supe que no había ganado otro de los premios literarios a los que me presenté el año pasado, por lo que puedo concluir que he hecho pleno, seis de seis. No voy a negar que en ocasiones uno llega a olvidarse de esas cosas (no en vano entre que mandas un manuscrito y se falla el concurso pasan siempre al menos seis meses), pero a veces, sobre todo cuando lo has intentado mucho y sin éxito, puede llegar a desesperar. Aunque parezca mentira, creo que en el tiempo que llevo escribiendo este blog, mis textos (aunque los que aquí he publicado son sólo una pequeña parte de lo he escrito últimamente) han sido leídos por mucha más gente que antes. De hecho, cuando uno se ha presentado a tantos premios literarios y ante tantas editoriales, acaba pensando si los manuscritos no acabarán en realidad de la misma manera que los curriculums a veces, es decir, directamente en el cubo de la basura sin que nadie los haya leído.

Supongo que tendré que seguir armado de paciencia, labor para la que ayuda mucho el hecho de divertirme escribiendo. Si esto fuera un trabajo o una obligación, es probable que ya me hubiera tirado por una ventana o a las vías del tren. Paciencia, sólo paciencia.

En estos momentos estoy escribiendo un relato corto que en breve espero tener colgado tanto en este blog como en yoescribo.com. Espero que os guste.

Nos vemos.

Hoy toca texto

NOVELA BARATA

Su reloj marcaba las siete de la tarde, y Andrés miró al suelo, sin terminar de creerse lo que parecía que acababa de hacer. A sus pies, yacía el cadáver de un hombre, de cuya muerte se acordaba a duras penas. Conservaba la sensación de ser el culpable, pero su mente parecía tratar de olvidarlo, y era evidente que lo estaba consiguiendo.

Hizo un esfuerzo y empezó a recordar. Todo había comenzado esa misma mañana cuando iba, como cualquier día o cualquier ciudadano, a su trabajo. Un día normal en un trabajo, de comercial de telefonía móvil, tan normal como cualquier otro, y tan anodino como el que más. Iba en el metro, con la compañía de la rubia con la que coincidía todos los días y a la que no quitaba ojo, y una de sus habituales novelas policíacas baratas, que devoraba con fruición desde los diez años mientras imaginaba que era el duro policía o el despiadado criminal protagonista. Alternaba entre páginas del libro y miradas furtivas a la rubia, convencido de que ésta hacía lo mismo, lo que le hacía sentirse tremendamente atractivo.

Todo siguió como cada día. El metro llegó a su destino, que era también el de la rubia, y salieron como siempre. Andrés estaba ya acostumbrado a la rutina, ir detrás de la rubia sin quitar ojo de su culo, otra de sus pequeñas obsesiones. Sucedía como siempre, hasta que ella se dio la vuelta. Andrés reaccionó para no acabar aplastándola, pero no pudo evitar el contacto directo.La rubia, que resultó llamarse Lucía, le agarró con fuerza de los brazos y empezó a hablar sin parar, casi sin tiempo para respirar. Le contó que era consciente de las miradas que, desde hacía meses, intercambiaban a diario en el metro. Después de eso, que llenó a Andrés de una inusitada alegría, ante el hecho de que su imposible amor platónico fuera menos imposible de lo que creía, pasó a pedirle ayuda, y no para una tontería. Afirmaba estar en peligro, perseguida por, según ella, un esbirro a sueldo de su ex novio, un hombre violento con el que no había quedado como amiga tras la ruptura. Andrés asistió a la explicación como vaca mirando pasar el tren, con cara de tonto y asintiendo como si se enterara de todo. Entre que la mujer de sus sueños le hablaba, y se sentía como el protagonista de una de sus novelas baratas, estaba en la gloria, flotando en una nube.

Su reloj marcaba las ocho de la noche y él ya no flotaba. A sus pies, yacía el cadáver de un hombre, de cuya muerte se acordaba a duras penas. Recordaba a una mujer rubia. A lo lejos, oía un coche de policía.

FIN

Una nueva reflexión

Buenas tardes a todos.

Como otras tantas veces, he decidido hacer un alto en la escritura para escribir algo en el blog. Hay que ver qué frase más ilógica me ha quedado: dejar de escribir para escribir.

Desvaríos aparte, me apetecía compartir con el mundo una reflexión que hace tiempo que me ronda la cabeza, desde que decidí lanzarme al mundo de la escritura creativa, aunque, aunque entonces no sabía si iba a ser sólo para mi propio disfrute o iba a compartir con el mundo.

Siempre he leído bastante, y desde que yo mismo quise empezar a escribir, empecé también a leer mucho más de lo que hay online, publicado por gente que comparte sus historias de forma desinteresada en multitud de portales destinados al efecto o en páginas personales, como podría ser este blog desde el que os saludo de vez en cuando. El caso es que, leyendo todas esas páginas, siempre me viene a la cabeza la misma pregunta: ¿cómo puede haber tanto talento oculto sin que nadie repare en él?

Mucha gente comparte, como ya he comentado, sus textos de forma desinteresada, pero hay muchos otros autores desconocidos que podrían sacar los colores a muchos de los más asentados, que en muchos casos lo son porque venden más, no porque escriban textos mejores o más interesantes. De hecho, no hace falta más que ir a cualquier librería, buscar el best seller de turno y ver cómo el nombre del autor se imprime en una letra tres o cuatro veces mayor que el título.

No quiero que esto parezca una simple reivindicación gratuita, pero no puedo dejar de hacer el comentario. No voy a decir que yo sea mejor o peor que los habituales vendedores de best sellers, ni voy a opinar sobre qué portal literario es mejor que los demás, pero, sabiendo que Internet ofrece la posibilidad de difundir la cultura de forma fácil, ¿por qué no la aprovechamos? Hablando de estos temas con otra gente y leyendo diversos artículos, siempre he oído las mismas frases: «La literatura es un negocio»; «Hay que buscar también la rentabilidad». Si esto es cierto (que no digo que no lo sea, pero no deja de ser triste), ¿por qué ni siquiera las editoriales pequeñas tratan de aprovechar Internet? Internet es el perfecto agente literario: llega a todo el mundo, a todos los editores de todos los países, y no se queda con un porcentaje de las ganancias de nadie. Siendo así, sigo sin entender cómo es posible que sólo un puñado de los autores que publican en Internet, acabe viendo sus obras en papel. No nos vamos a engañar, está claro que todos preferimos leer en papel antes que en una pantalla de ordenador, y, por mucha tecnología que nos rodee, nada hay más bonito que ver en papel y tapa dura esas historias que habías imaginado en tu cabeza.

Y, por favor, que nadie me hable de la autoedición, que es la respuesta fácil a las preguntas que planteo. No podéis ni imaginar la cantidad de «editorzuelos» que hay por ahí fuera vendiendo contratos de autoedición camuflados. Pero eso es otra historia, que, de hecho, ya os conté hace poco.

P.D.: Gracias a los que me estáis visitando (al final he optado por el contador de visitas, que funciona muy bien), pero me gustaría pediros un pequeño favor: aparte de ver si alguien me visita o no, agradecería si también comentarías lo dos relatos que he dejado en el blog últimamente. Una de mis motivaciones para emprender esta labor fue dar a conocer las cosas que escribo, pero de poco me sirve si nadie las comenta. Y por supuesto, si tenéis que darme caña y criticarme, hacedlo. Una vez más, gracas a todos

Toc toc

No tranquilos, que no voy a contar uno de esos chistes cortos y malos. Nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que después de echar un buen vistazo a mi blog, he visto que no hay ni un comentario desde hace más o menos una semana y uno empieza a pensar si está escribiendo para alguien o si, por el contrario, esto no lo lee absolutamente nadie.

Bueno, como ya habréis imaginado, lo único que pido es que los que leáis habitualmente estas líneas (si alguno hay), dejéis un comentario de vez en cuando. No es que os pida vuestra vida y milagros, me basta con un simple «¡eh tú!» o cualquier tontería.

Sé que podría poner un contador de visitas y salir de dudas más fácilmente, pero también me parece una forma bastante más fría e impersonal de hacer las cosas. Siempre es más bonito recibir un saludo que un número más en un contador.

Pues nada más, eso es todo por hoy. Es un poco tarde y creo que es hora de que me vaya a la cama.

Nuevos intentos

No cejo en mi empeño de dar a conocer mi obra, así que esta semana he lanzado al mundo cruel a tres de mis «niños».


El primero es un relato corto, escrito expresamente para el concurso al que ha sido presentado.

Nunca he sido muy amigo de escribir algo expresamente para un concurso, pero el tema (relatos cortos de género negro) me resultó muy atractivo. A lo largo de los años que llevo escribiendo, he escrito un par de veces con la idea de presentar lo escrito a un concurso concreto, y nunca me he sentido muy a gusto con el resultado, aunque no por no haber ganado. En todos los casos sentí que los textos salían demasiado forzados, y nunca me sentí muy orgulloso de ellos. Parece que esta vez la cosa ha salido un poco mejor, aunque sigue sin gustarme escribir así, como si fuera por obligación. Supongo que el hecho de que la temática fuera atractiva, ayudó a que el texto fuera de mayor calidad.


El segundo texto es la primera novela que escribí, hace casi cuatro años. Aunque pueda parecer raro, de todos mis textos, es el que menos se ha movido, a pesar de ser el más veterano. Es una novela muy larga (el manuscrito ocupa más de quinientos folios a doble espacio) y no es fácil de publicar, sobre todo para alguien sin experiencia previa. Por esa razón, sólo la han visto en un par de editoriales y en un concurso, justo al que la acabo de presentar. Espero que el jurado no se aburra antes de terminar de leerla. Es una novela de intriga y aventura (lo que en el cine llamarían un «thriller») con ciertos toques fantásticos.


Y para terminar, he presentado otra novela, esta vez más corta, a una editorial. Es una de las dos editoriales que leyeron mi primera novela en su momento y, aunque no la aceptaron, me dieron «buenas vibraciones». Fueron muy amables y me dijeron que la novela no encajaba dentro de su línea editorial, pero que no dejara de enviarles otros textos que tuviera. Sé que en muchos casos, esa es la respuesta estándar y que luego en realidad no te hacen caso, pero he de reconocer que me gustó la editorial. Su filosofía era interesante y se molestaron en contestar, cosa que se agradece mucho. Tardaron entre dos y tres meses en responder, lo que más o menos se acerca a lo que se podría denominar como un «periodo aceptable». Sólo espero que esta novela les resulte más atractiva. Es más corta y creo que tiene la suficiente calidad, aunque esto último sólo lo pueden corroborar de momento dos amigos que la han leído. Tiempo al tiempo. Por cierto, también es una novela de intriga, con todos sus misterios y asesinatos incluidos.


Pues bueno, eso eso eso, eso es todo amigos.

Otro relato más

Después de unos días sin escribir nada, hoy me ha apetecido añadir un nuevo relato, que al mismo tiempo he incluido también en el portal yoescribo.com.

En este caso, se trata de un pequeño relato de humor negro (o negruzco, depende de opiniones) de 3 páginas que escribí hace un par de años. Durante unos pocos meses, estuvo disponible en otro portal literario (cuyo nombre no quiero citar, para no tener que ponerles a bajar de un burro) del que sus responsables lo eliminaron sin previo aviso y sin darme una explicación, a pesar de que varios usuarios de dicho portal me habían felicitado por él.

Pues nada, aquí os dejo este texto, del que siempre me he sentido especialmente orgulloso. Como curiosidad (y sin ánimo de echarme flores) os diré que la idea se me ocurrió en unos minutos, lo redacté en una hora, y lo corregí en media. Puedo aseguraros que fueron dos horas muy productivas (tranquilos, no lo escribí y corregí el mismo día).

———————————————————————————————–

ODIO TAIWAN

Odio Taiwan. Y bien, ¿no vas a preguntar por qué? No te preocupes, que yo mismo te lo cuento. Supongo que también te preguntarás qué puede contarte este viejo andrajoso que te habla, pero has de saber que yo antes no era así.

Hace muchos años, yo era uno de los más importantes empresarios circenses de este país y, junto con mi hermano Juan, dirigía el circo de los hermanos Benítez, que siempre había sido famoso por sus entretenidos y sorprendentes números con animales. No éramos los más grandes ni los más espectaculares, pero teníamos nuestro público fiel. Hasta el día en el que todo se fue al garete. En realidad, todo empezó un par de meses antes, por lo que comenzaré desde el principio.

Era un día cualquiera, sin nada especial. La temporada de verano había terminado un mes antes y yo estaba de viaje buscando sitios donde actuar desde la primavera siguiente. La campaña veraniega no había sido especialmente benévola, por lo que iba en tren para ahorrar algo de dinero. Aquel día, durante mi enésimo viaje, vi como se acercaba hacia mí uno de esos gitanos que pueden intentar venderte desde un paquete de pañuelos de papel hasta el último número de Playboy. Mi intención inicial era ignorarle, pero hizo algo que provocó que cambiara de opinión de forma radical. Se paró ante mí y, sin darme tiempo a decir que no quería nada, me dijo que veía en mis ojos que trabajaba en un circo y que tenía algo que podía interesarme y que nadie antes había visto.

La sorpresa me dejó mudo y no pude más que observar con rostro anonadado mientras el gitano colocaba junto a mí una vieja caja de puros. Sacó de ella una diminuta pizarra, y tras ella salió lo que parecía ser uno de esos hámsters que pasan la vida dando vueltas como tontos dentro de una rueda y que tanto gustan a los niños. Sin que el gitano dijera nada, el hámster se irguió sobre sus patas traseras y pude ver que sujetaba una diminuta tiza con las delanteras. El animal se acercó a la pizarra y empezó a escribir «Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela», momento en el cual dije sin pensar que lo quería. Esto supuso una ardua negociación, pero al final conseguí llegar a un precio que consideraba justo y me quedé con tan sorprendente animal.

El hámster fue la mejor tarjeta de visita que tuve durante todo el invierno, y conseguí más contratos que nunca, algunos incluso en lugares que hasta entonces habían sido feudo exclusivo de circos más grandes. La fama de mi nueva adquisición corrió rápidamente como un reguero de pólvora, tanto que incluso firmé un contrato con la televisión para que emitiesen en directo nuestra primera actuación del verano. Iba a ser nuestro gran salto a la fama nacional y la oportunidad para hacer más grande nuestro humilde circo.

Y llegó el gran día. Todo estaba yendo como la seda e incluso parecía como si los animales se encontrasen más receptivos que nunca. Y por fin, el número final, el ratón que escribía en una pizarra.

Yo mismo saqué al hámster al escenario en la misma caja en que lo había adquirido y, tras abrirla, coloqué la pizarra. Me alejé y el hámster comenzó el ritual de costumbre, que ya habíamos ensayado otras veces, y, tras levantarse sobre las patas traseras, se acercó a la pizarra sosteniendo la tiza. Pero justo cuando parecía que iba a empezar a escribir, se paró sin más y cayó redondo al suelo, sin soltar la tiza. Me acerqué al escenario a toda prisa al tiempo que un cámara de televisión corría a mi lado. Y en mala hora había aceptado la presencia de cámaras de televisión. El cámara no pudo más que grabar mi cara de sorpresa y perplejidad, después de descubrir conmigo y con toda España que en la tripa de mi preciado animal se podía leer «Made in Taiwan».

Mi mundo y mi negocio se me vinieron encima y, tras pagar todas mis deudas, acabé como ahora me ves. Ahora ya sabes por qué Odio Taiwan

FIN

¿Otro artículo en el mismo día?

Pues sí, otro.

He estado dando vueltas al blog, lo que hago y mis intentos por publicar y he decidido que es una tontería firmar este blog con un seudómino. Por eso, desde ahora mismo, mi perfil contiene mi nombre completo, para que quien me conozca pueda exclamar aquello de «mira tú quién era» y quien no me conozca, sepa quién soy.

Además, quien lea esto debe saber también que ya hay algo mío publicado, aunque sea sólo en Internet. Además de la historia que incluí aquí hace unos días, que está en proceso de maquetación, es posible encontrar una novela corta mía, de género negro, en el portal literario de http://www.yoescribo.com. Sólo son cuarenta páginas, así que no hay excusas para no leerla. Y aparte de eso, espero que todo aquel que lea estas líneas hable a sus amigos, enemigos, familiares y conocidos de ambas historias. Si he decidido salir del anonimato es también porque espero recibir muchas críticas, tanto si son buenas como si son para despellejarme.

Para los que os sintáis vagos como para acudir a yoescribo.com y buscar mi nombre, aquí os dejo un enlace directo:

http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=34082

P.D.:Lo de poner una foto en el perfil, no me lo planteo de momento. Quiero que la gente lea lo que escribo, pero sin asustarla.

Toca defenderse

El título se explica bastante bien, toca defenderse. Pero no me refiero a que vaya a insistir en lo mucho que valgo y lo mucho que valen mis obras, sino que me apetece reivindicar a todos aquellos escritores que alguna vez se han sentido atraídos por los «cantos de sirena» de algunas editoriales que les han vendido el oro y el moro, para luego intentar cobrarles por editar sus obras, como si fueran simples imprentas de esas que maquetan libros como churros.


Esto viene provocado porque ayer, mientras navegaba un rato, encontré un par de blogs que hablaban de la mala experiencia que sus autoras habían tenido con una editorial, Entrelíneas Editores, que les había vendido que era una editorial seria para después intentar colarles un contrato de autoedición. La lectura de ambas historias me trajo muchos recuerdos, ya que cuando terminé mi primera novela, yo también piqué y envié el manuscrito a la citada editorial, que ofrecía una lectura en treinta días (más tarde supe que cualquier editorial mínimamente seria suele tardar del orden de tres o más meses en evaluar un manuscrito) y asesoramiento gratuito y sin compromiso.


Leyendo las historias de otra gente que picó con esa editorial, he de admitir que tuve suerte. Hay personas a las que les han dorado la píldora, les han jurado y perjurado que el contrato no iba a ser de autoedición y al final, les han hecho ir hasta Madrid (con los consiguientes gastos y molestias) para acabar poniendo ante ellos un contrato de autoedición. En mi caso, me respondieron a los veinticinco días con una carta en la que ensalzaban mi obra y un contrato en el que me pedían 4000 € y pico por una tirada de 300 ejemplares. Vamos, que yo corría con todos los gastos, hacían una mierda de tirada, y se limitaban a hacer una presentación. Y nada más.


Pues nada, que al final me he sentido reivindicativo y quiero romper una lanza en favor de quienes apuestan por la gente nueva sin sacarle los cuartos. Por desgracia, yo aún tengo que encontrar a alguien así, pero procuro no volverme loco.


Sé que hay autores que habrán publicado con esa editorial y habrán pagado sin importarles, y que se sentirán orgullosos de ello. Quiero que sepáis, seáis quienes seáis, que esto no es un artículo en vuestra contra (cada uno es libre de hacer lo que quiera con su dinero), sino en contra de unos chupasangres que juegan con la ilusión de gente que, en muchos casos sin apoyo y casi sin medios, vuelcan todo su talento y esperanzas en una historia que quieren compartir con el mundo. Yo no puedo, a día de hoy, prescindir tan alegremente de 4000 €, pero ahora que he visto cómo las gastan, es ya una cuestión de principios, y ahora ni teniendo ese dinero accedería a publicar con Entrelíneas Editores.


Pero lo más sangrante de estas historias y lo que más me enerva es que en la web de la citada editorial, se puede acceder a un decálogo sobre qué hacer para que no te engañen cuando quieres publicar. En dicho decálogo, hacen especial hincapié en que hay que huir de los contratos de autoedición. La hipocresía llevada al extremo.


Aquí os dejo sendos enlaces a los artículos que he mencionado:

http://antoniaromero.blogspot.com/2005_11_01_antoniaromero_archive.html

http://monicagutierrez.blogspot.com/2005/12/entrelineas-editores.html

No hay mucho que contar

Hoy no tengo mucho que contar (no todos los días puede uno tener un artículo que escribir), pero he querido pasar a saludar, mientras descanso un rato de la escritura. En vista de que veo que sí hay alguien leyendo esto, es posible que incluya más relatos cortos en el futuro. Actualmente, todos los que he escrito están pendientes de fallo en algún concurso y estoy centrado en escribir una nueva novela, así que tal vez tarde un poco. Suelo escribir relatos cortos cuando quiero descansar de uno más largo, pero en estos momentos estoy en las primeras páginas de una nueva novela, sentando las bases de la historia y los personajes, por lo que estoy especialmente concentrado.

Por lo demás, nada que contar. Escribiré unas horas más, cenaré algo rápido y me iré a disfrutar del sábado noche con mis amigos. Y mañana será otro día.

Lo prometido es deuda

Como dije ayer mismo, hoy voy a incluir en este blog uno de mis relatos. Este en concreto fue presentado hace unos meses a un premio literario, pero no ganó nada. Espero que a vosotros os guste un poco más. Por lo demás, hoy no tengo mucho más que contar. Es viernes y el cansancio de la semana empieza a hacer mella en mí. Espero que lo leáis muchos, ya que hace ya un par de días que no veo ningún comentario nuevo y empiezo a temer que sea el único que está leyendo el blog.

Ahí va la historia:

———————————————————————————————–

SOÑAR DESPIERTO

Otra vez lo estaba haciendo. De nuevo se encontraba en uno de sus habituales episodios de ensoñación. Se suponía que Alfredo Martín se encontraba en la universidad en plena clase de física aplicada, pero, a pesar de que su cuerpo se encontraba realmente allí, su mente se encontraba definitivamente en otro sitio. Soñar despierto era, como solía decir siempre su madre, uno de sus hábitos más deplorables, adjetivo este que Alfredo consideraba excesivamente exagerado para definir una actividad tan sumamente placentera.

Alfredo había sido un soñador desde que había tenido uso de razón. Solía mantenerse quieto durante largos periodos de tiempo mirando al vacío como si no tuviese nada ni nadie alrededor. También había sido escritor aficionado casi desde el momento en que había sido capaz de sostener un lápiz, y soñar despierto era la manera más habitual en que se inspiraba. Nunca había publicado nada y no estaba seguro de querer hacerlo, pero por otro lado le encantaba soñar despierto y las historias que así se le ocurrían. Por lo general, solía acabar por olvidar la mayoría de esos sueños, pero algunos habían llegado a convertirse en relatos cortos bastante notables que bien podrían haber sido publicados.

Durante sus sueños, Alfredo tendía a verse a sí mismo como un héroe todopoderoso sin ningún punto débil, precisamente el tipo de héroe que aparecería montado sobre un caballo blanco para salvar a la atribulada princesa cautiva. En los sueños él era siempre un tipo bien parecido, humilde, y fuerte, muy fuerte. Habitualmente, solía soñar con alguna mujer que le atraía y que siempre parecía encontrarse en algún tipo de dificultad. No aparecían dragones que capturaban hermosas y jóvenes princesas, pero siempre había algún peligro que él podía superar.

Soñar despierto solía ocupar casi todo el tiempo de Alfredo, y a veces incluso el que debería dedicar a dormir. Aunque los sueños nocturnos eran también algo muy placentero, siempre había preferido soñar despierto. Se sentía más seguro así, sabiendo que podía controlar el sueño e incluso encaminarlo en la dirección que él quería, lo cual había sido siempre el detalle más positivo. No le gustaba la sensación de verse a sí mismo dentro de un sueño que no podía controlar y, durante los últimos años, había reducido sus horas de sueño a tres o cuatro por noche. Solía tener aspecto cansado y adormilado durante todo el día y su madre no dejaba de decirle que debería echarse una siesta, pero él simplemente no se preocupaba por eso. La fatiga era ya algo familiar con lo que había aprendido a vivir, por lo que suponía que podría seguir así por muchos años. Pasaba casi todos los días simplemente sobreviviendo, y sus sueños eran una gran ayuda para conseguirlo. Sólo pensaba en vivir sin problemas ni preocupaciones, acabar la universidad — que había sido una imposición de sus padres — y tal vez, en un futuro cercano, ganarse la vida convirtiendo sus sueños en exitosas novelas o al menos relatos cortos.

Y ahí estaba de nuevo. Otro día en la universidad y otro día en su propio mundo. Desde el primer día en la universidad, Alfredo siempre había llevado consigo a clase una pequeña grabadora digital que le permitía centrarse en sus sueños, al tiempo que ella trabajaba por su cuenta. Las clases de la universidad le resultaban muy aburridas, razón por la cual Alfredo solía pasar la mayor parte del tiempo soñando nuevas historias, tanto si era para guardarlas como si iban a ser tan efímeras como de costumbre. A veces, llegaba incluso a escribir algunas ideas sacadas de los sueños, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a permanecer sentado con la mirada fija en el profesor como si le estuviese prestando atención. Era una atención fingida, pero realmente Alfredo era muy bueno fingiendo, sobre todo teniendo en cuenta que jamás había recibido una queja de sus profesores.

Era su último año en la universidad, así que Alfredo había empezado a tomar en consideración la posibilidad de escribir una novela basada en los sueños que había imaginado durante los últimos días. Había creado un personaje sin nombre que estaba recibiendo algún tipo de tratamiento psiquiátrico y había imaginado un problema de múltiple personalidad que le resultaba muy interesante, ya que un personaje como ese podría dar mucho juego y, sobre todo, ser totalmente impredecible. Aún le quedaban tres horas de clase ese día, por lo que Alfredo pensó que podría llegar a escribir unos cuantos buenos pasajes si era capaz de concentrarse en ello. La pequeña y siempre útil grabadora digital estaba ya trabajando y tenía una memoria con capacidad para más de tres horas, así que Alfredo se olvidó de la física aplicada, cogió un lápiz y empezó a escribir en un pequeño cuaderno mientras el relato fluía en su mente. Las palabras acudían a su cabeza cada vez con más facilidad y justo cuando creía que iba a ser capaz de escribir todo un capítulo, sucedió algo inesperado. Tras casi una hora de escribir mientras soñaba despierto, Alfredo sintió una mano en su hombro derecho. Supuso que sólo podía ser una de las manos del profesor, por lo que decidió dejar de escribir y levantó la mirada mientras se preparaba para lo que pudiera ocurrir.

— ¿Otra vez soñando despierto? — preguntó el profesor — ¿y qué personalidad ha sido esta vez?

Alfredo levantó la cabeza y con gran sorpresa se dio cuenta de que ya no estaba en la universidad. Se encontraba en lo que parecía ser la consulta de un médico que, aunque le resultaba muy familiar, no era capaz de identificar.

― Tienes que poner más de tu parte si quieres recuperarte, David ― dijo el doctor ― Si quieres mantener la cordura, es crucial que intentes diferenciar entre la realidad y tus sueños ―. El médico encendió un cigarrillo y continuó hablando ― Por el brillo de tus ojos, me apostaría un millón de euros a que era Alfredo quien estaba contigo esta vez. Tienes que olvidar a Alfredo, David. No te está haciendo nada bueno y pronto no serás capaz de regresar de tus sueños y ser tú mismo otra vez. Esta vez te ha llevado casi una hora regresar a la realidad, y eso es algo que debe cambiar.

― David, sí, soy David, David Robles, ¿qué coño ha pasado aquí?

― Nada, David, nada. Me temo que vamos a tener que vernos muchas veces en el futuro ― Una campana sonó justo en ese momento ―. Bien David, parece que nos hemos vuelto a quedar sin tiempo otra vez. Te veré de nuevo el miércoles a la misma hora y, por favor, trata de ser tú mismo esa vez.

FIN