Comienza el proceso…

… de votaciones en yoescribo.com. Como ya comenté en mi última entrada, hoy, 1 de diciembre de 2007, empieza el proceso de votaciones de los lectores, dentro del premio de relato 2007 de yoescribo.com. El proceso se alargará hasta el día 31.

Entre los relatos presentados a dicho concurso, está «¿Quién dijo miedo?», escrito por vuestro humilde servidor. Es un relato de intriga de unas 50 páginas, escrito hace unos tres años. Durante los dos últimos, ha estado alojado en yoescribo.com, donde ha cosechado un relativo éxito, con algo más de 130 descargas. Ahora espero que el éxito sea completo, con este premio.

Como ya dije en su momento, no busco que veotéis por votar, o porque os caiga simpático. No escribí ese relato pensando en este u otros concursos, por lo que confío en la frescura que le da el haberlo hecho sin presiones o sin expectativas creadas. Lo que os pido es que lo bajéis y lo leáis, eso por lo menos. Si después os gusta tanto como para pensar que merece vuestro voto, hacedlo. Si, por el contrario, pensáis que no merece la pena, no lo votéis, pero espero que incluso en ese caso, os resulte una lectura agradable.

Dentro de un mes, cuando salgan los resultados del concurso, os pondré al día sobre los mismos. Espero que sea para anunciar la consecución de mi primer premio y, como resultado, la publicación de mi primer libro, aunque se trate de un relato corto.

Un poco de autopromoción

Nunca he sido muy dado al autobombo y la autopromoción, pero mentiría si dijera que, al menos en parte, no creé este blog por ese motivo.

El caso que nos ocupa es que desde el día 1 de diciembre de este año, ya al caer, empieza el periodo de votaciones para el premio de relato de yoescribo.com, en el cual participo con mi relato «¿Quién dijo miedo?». Desde aquí os animo a que lo leáis y votéis si os gusta. No estoy pidiendo el voto a ciegas (aunque no negaré que también me sería positivo) sino un voto en conciencia. Si os gusta, votadme, y tal vez así logre ganar mi primer premio literario. No es el premio más prestigioso, pero sí un buen trampolín y la oportunidad de llenar mi curriculum literario con algo de más enjundia que lo hecho hasta el momento.

Pues nada más por hoy. No dejéis de entrar en yoescribo.com y al menos leer mi relato. Y contádselo a todos los aficionados a la lectura que se crucen en vuestro camino. Gracias y saludos a todos/as.

Sigo con lo mío

Ayer realicé lo que se suele denominar «lluvia de ideas», para dar forma a las anotaciones iniciales de la que podría ser mi próxima novela, tras lo cual tengo ya notas hechas para unas 20 ó 21 novelas aún por escribir.

Sé que alguno querra (metafóricamente) «saltarme al cuello» después de leer las siguientes palabras, pero esta novela de la que hablo podría encuadrarse dentro de lo que conocemos como «novela fantástica». No quiero que nadie piense en estas palabras como una justificación (Excusatio non petita, acusatio manifiesta), simplemente me apetecía escribir algo en el blog y esto es lo más reciente que me ha pasado.

Más de una vez he afirmado que no me dedico (ni tengo intención de dedicarme) a escribir Harry Potters o similares, y creo que esta novela seguirá en esa misma línea. La premisa argumental (me vais a permitir que no la revele por aquello del robo de ideas) me hace pensar que podría encuadrarse dentro la línea de «mudno fantástico dentro de nuestro mundo», aunque creo que con matices de cierta originalidad. No esperéis encontrar dragones, espadas, elfos o demás elementos tolkenianos. Mi idea es que resulte más simbólico y/o alegórico.

Hasta el momento, nunca me había planteado escribir una novela de este tipo, aunque las ideas que están dando forma a ésta me atraen mucho. Todo empezó durante la noche del viernes al sábado, más bien mañana del sábado ya, gracias a un sueño bastante curioso que tuve. El tema de los sueños siempre me ha fascinado (de hecho juegan un papel muy importante en la primera novela que escribí). Llevo tiempo dando vueltas en la cabeza a la idea de escribir otra historia en la que los sueños sean parte importante, y el del otro día me inspiró lo suficiente. De hecho, más que suficiente, ya que creo que es la vez que más ideas he anotado antes de empezar a escribir una nueva novela. Sólo espero que mis ideas se mantengan igual de frescas y ágiles durante el tiempo que pase escribiendo la novela y ésta mantenga la intensidad.

Mientras tanto, estoy también corrigiendo mi última novela, que empecé hace algo más de un año y terminé hace unos dos meses. Aprovechando que cuento con una pda con bastante capacidad y que funciona muy bien a la hora de escribir, hago las correcciones en el metro por la mañana cuando voy a trabajar y por la tarde/noche cuando vuelvo. Como tengo unos 40 minutos en cada viaje, me da tiempo a corregir bastante, aunque, eso sí, siempre con cuidado. De todos modos, supongo que una vez que acabe, deberé repasarla de nuevo para estar seguro de que no se me ha escapado nada.

Por lo demás, sigo a la espera de respuesta por parte de unas pocas editoriales y un par de agencias literarias, pero ya se sabe cómo van esas cosas: desesperantemente despacio.

Pues nada más me queda por contar hoy. Hasta la próxima

Coedición, esa gran desconocida

Hace poco recibí un email de una editorial que, aparte de edición tradicional, ofrece la posibilidad de coedición, lo cual me ha llevado a escribir esta pequeña reflexión sobre dicha modalidad de edición. No voy a nombrar a la editorial en cuestión, ya que esta gente sí va de cara con sus autores y les deja claro lo que hay. Además, llevan poco tiempo en esto y no tengo intención de perjudicarles, lo cual no es el objetivo del presente artículo.

La coedición, prima hermana de la autoedición, te la suelen vender de varias formas, unas más sinceras que otras. Conocidas son editoriales como Entrelíneas, de la que ya hablé largo y tendido en su momento, o Atlantis. Ambas son del tipo de editorial que no te dice nada sobre la coedición prácticamente hasta el momento de firmar el contrato y, en el caso de la primera, ha habido incluso casos en los que han amenzado a los autores que se han negado a firmar, alegando que no les conviene hablar del contrato que les han ofrecido, por el desprestigio que les supondría. Van más allá, incluyendo en su web un decálogo sobre lo que debe ser una buena editorial, que advierte a los autores de editoriales como ellos mismos, pero eso ya es harina de otro costal.

En ocasiones anteriores, y en foros como el de bibliotecasvirtuales.com, he reiterado que no estoy totalmente en contra de la coedición, siempre que el autor sea consciente de dónde se está metiendo y el editor le deje claro que le «publica» porque le paga, no porque vaya a ser el nuevo best-seller del año, aunque este caso es más raro que ver volar a un burro. Muchos autores, unos por desconocimiento y otros por estar ya desesperados después de haber enviado su amado manuscrito a las «grandes»(*) editoriales, para recibir sólo cartas de rechazo, se dejan seducir por los cantos de sirena de estos editores, a los que se les llena la boca con «royalties», beneficios altos, presentaciones y demás zarandajas, aunque en muchos casos no cumplen con lo prometido. A mí mismo me han ofrecido ya en varias ocasiones la coedición (en la mayoría de los casos las propuestas vinieron de gente que ni siquiera había leído un manuscrito mío completo, manda narices), y sólo una vez me la ofrecieron sin tapujos y sin trampa ni cartón. Las palabras de la persona que me hizo la oferta fueron, más o menos, las siguientes: «Ahora eres un escritor desconocido y nosotros una editorial pequeña, por lo que te podría ofrecer una coedición para tu primera novela. Si esa novela tiene suficiente éxito, para posteriores obras ya negociaríamos un contrato de edición tradicional en el que no tuvieras que pagar nada.». A pesar del repelús que me da la coedición, reconozco que esa persona se ganó mi respeto, al menos por su sinceridad. No tengo intención de coeditar, primero porque tengo una hipoteca que pagar y ni ganas ni disponibilidad para desembolsar las burradas de entre 3.000 y 4.000 euros que suelen pedir por ediciones con tiradas ridículas, y segundo, porque sé positivamente (y porque yo mismo lo hago) que gran parte de mis potenciales lectores no me tomarían en serio por haber tenido que pagar para ver mi obra editada. Vale que mi padre, por poner un ejemplo, lee casi cualquier cosa que pasa por sus manos y no sabe qué es la coedición o si lo normal es que te paguen por editar o seas tú quien deba pagar, pero hay mucha gente que sí lo sabe, y cualquier crítica literaria sobre cualquier de mis obras que incluyera una referencia a que hubiera tenido que pagar por publicarla, sería una crítica negativa.

Por otra parte, hay un detalle que me hace una especial gracia: sé que no es lo que ocurre en todos los casos, pero no deja de ser curioso lo mal editados y corregidos que se publican algunos títulos cuyos autores se han acogido a la coedición. Sé, gracias a Maritornes, autora del blog «Corte y corrección», que muchas de estas editoriales de coedición contratan a correctores ortográficos y de estilo para que arreglen los bodrios que algunos autores tratan de coeditar, pero también sé de casos en los que las novelas (sin haber sido autoeditadas) han salido a la calle con todos los fallos que el autor había cometido durante su redacción. ¿Acaso los 3.000 á 4.000 euros abonados, que se supone cubren el 50% de los costes, no dan derecho a un servicio de corrección? Si una editorial «seria», que apuesta por uno sin cobrarle, contrata correctores (a los que, como es lógico, hay que pagar) para que la novela llegue al mercado en las mejores condiciones, ¿cómo se entiende que las que sí te cobran no te den ese servicio?

Sigo pensando que cada uno es libre de hacer lo que quiera con sus textos y de decidir si desea pagar o no, pero sigo pensando también que la autoedición y la coedición pueden suponer grandes errores en la carrera de alguien que realmente desee escribir y que sus obras lleguen a la gente. Si buscas tener en tapa dura aquella colección de poesías que le escribiste a tu novia antes de casaros, me parece perfecto que lo quieras hacer, pero para eso te va a una imprenta directamente, donde te saldrá más barato. Si lo que buscas es publicar y que todo el mundo tenga la oportunidad de acceder a tu obra, piénsate mucho si confías en ella. Si no confías en que tu obra sea suficientemente buena como para ser publicada, pero a pesar de eso, sigues queriendo hacerlo, allá tú con lo que haces con tu dinero. Si, por el contrario, confías en la calidad de tus obras, éstas saldran a relucir más tarde o más temprano, y en elgún lugar habrá una editorial tradicional dispuesta a publicarla y difundirla. Los buenos textos no suelen durar demasiado tiempo en el cajón.

(*) Grandes en tamaño, lo cual no siempre significa grandes en trabajo con el autor o en calidad de edición.

Hoy me sentía creativo

Así es, me he sentido creativo, así que me he puesto a escribir y en un par de horitas (con un descansito para beber una Coca cola, que hace calor) me ha salido este texto. Es una vieja idea que escribí hace unos años y que nunca me convenció, así que he decidido retomarla y ahora me gusta cómo ha quedado. Espero que a vosotros también os guste, y a ver si comentáis/criticáis más los textos, que a veces me quedo con la sensación de que nadie los lee.

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Hades

He tomado por fin la gran decisión. Tranquilidad, no pienso suicidarme, sólo provocar un poco de caos en el mundo.

Quien no me conozca mucho pensará al verme que soy uno de esos “frikis”, obsesionados por las nuevas tecnologías, y la verdad es que no estarían muy mal encaminados. Debo reconocer que no siempre fui así, pero las circunstancias de la vida me hicieron cambiar. Tal vez fuera el trabajo del que me echaron por una cagada que yo no había cometido, la novia que me dejó por un tipo al que siendo generoso sólo podría calificar de “capullo”, o unos padres que murieron por culpa de un borracho que se saltó un semáforo y quedó en libertad sólo porque el policía que le tomó los datos debía de estar más borracho que él y no dio ni una. El caso es que hace ya tiempo que me cansé de todo esto y si este mundo no es para mí, no va a ser para nadie.

Hace unos años, me reía cuando, leyendo en Internet una página acerca de los “frikis”, vi que en su “manifiesto” afirmaban que una de las principales condiciones para ser considerado “friki” es tener el deseo de dominar el mundo. Resultaba bastante divertido, pero poco podía yo imaginar entonces que unos años más tarde, me encontraría frente a un ordenador, convertido en un “friki” más y dispuesto no sólo a dominar el mundo, sino tal vez incluso a mandarlo a hacer puñetas.

Me explicaré: el tema de los “frikis” me llevó a interesarme por la informática, para la que siempre me había considerado bastante negado. Como estaba sin trabajo y pocas eran las perspectivas de conseguir uno nuevo, me dediqué de lleno al estudio de las nuevas tecnologías. En poco tiempo, conseguí superar el miedo inicial al teclado y el ratón y, según palabras de uno de los profesores de la academia en la que me apunté, pasé de negado a “gurú de la programación”. Mis nuevas habilidades me permitieron encontrar un trabajo nuevo con gran rapidez, pero no tardé en aburrirme. Intenté mezclarme con los “frikis”, pero nunca llegaron a aceptarme. Aunque la mayoría de ellos me veían como un superior en cuanto a conocimientos, para ellos jamás dejé de ser un extraño. Me veían como un tipo caprichoso al que de repente le había dado por aprender informática, como también podría haber decidido aprender mecánica o macramé. El trabajo me duró menos que el anterior, concretamente el tiempo que dejé de ser interesante para el resto de compañeros (ya no impresionaba ni a los becarios) más el que tardé en cansarme de no poder desarrollar mis nuevos conocimientos. Mi nuevo gran trabajo consistía en hacer aburridas “aplicaciones de gestión” para aburridos clientes, y en semejante coyuntura no me sentía realizado.

Después de despedirme y salir de la oficina sin mirar atrás, decidí que iba a sentirme realizado como fuera e iba a dejar mi huella en el mundo. Con la ayuda de Google, unos cuantos libros de programación y mi imaginación, en poco tiempo decidí qué iba a hacer: el virus más destructivo de la historia. Tanto tiempo entre ordenadores me había llevado a descubrir lo mucho que dependemos de la informática en el día a día, en un tiempo en el que hasta los frigoríficos se conectan a Internet y hacen la compra por ti. Pasé cerca de un año estudiando a diario cómo acometer la tarea, hasta dar con un pequeño programa capaz de infectar prácticamente cualquier sistema que incorporase un chip susceptible de ser programado. En el caso de los ordenadores, debería ser capaz de quemar los discos duros y en el caso de todos los demás aparatos que no contaran con dicho componente, deberían calentarse hasta quemarse a sí mismos y, con suerte, lo que hubiera alrededor. Además de eso, debería ser el virus de más fácil propagación de la historia, para que hubiera infectado suficientes ordenadores antes de que alguien llegara a detectarlo. Y aunque lo detectaran, debería ser también suficientemente complejo para que ni los más expertos (todos peores que yo, seguro) fueran capaces de descubrir su funcionamiento.

Por fin tengo delante el fruto de mi esfuerzo. He decidido llamarlo “Osito de peluche” para que nadie pueda sospechar de su verdadera naturaleza, aunque escondido muy en el fondo del código he incluido su verdadero nombre, Hades, como homenaje al dios de los muertos de la antigüedad. De momento, he hecho pruebas en mi cuarto, con un grupo de diez ordenadores de segunda mano que compre en eBay, por lo que no lloré cuando se frieron sin remedio. Tuve el mayor cuidado posible (aunque parezca absurdo) para que no saliera de mi pequeño entorno controlado, y dejé que el mundo viviera unos pocos días más. En cuanto propague el virus y éste se encargue de reducir a polvo todo sistema informático, quiero hacerlo siendo consciente de todo y de la destrucción que voy a provocar. Ahora mismo, estoy a punto de hacerlo. Sólo tengo que introducir la clave, formada por seis números que sólo yo conozco, pinchar en el icono del programa del virus y, en menos de un día, el mundo estará sumido en el caos. En un principio, pensé en dejar dos o tres ordenadores intactos, todos míos, y en el futuro venderlos como piezas de museo a algún “friki” con mono de máquina y dispuesto a pagar millones por ellos, pero también pensé que sería mejor dejarlo estar, para no despertar sospechas y porque tal vez sería aburrido ser el único informático del mundo con un ordenador con el que trabajar. Lo más divertido será ver y sentir el caos, aunque afecte también a mis pobres ordenadores. Tengo unas tremendas ganas de ver la cara del tipo de las noticias cuando tenga que darlas sin ordenadores, sin “teleprompter” y con una cara de sorpresa que le llegue al suelo.

Ha llegado el momento, empecemos la cuenta atrás:

Diez…

Nueve…

Ocho…

Siete…

Seis…

Cinco…

Cuatro…

Tres…

Dos…

Uno…

Mierda.

Mi mundo y mi caos se han vuelto de color azul, como mi pantalla. Windows ha efectuado una operación no válida y se va a apagar. Tengo el virus más destructivo del mundo y Windows efectúa una operación no válida.

Estoy demasiado cansado, me voy a la cama. Ya destruiré el mundo mañana.

FIN

Peligros del mundo editorial: Las editoriales aprovechadas

De todos es sabido lo difícil que puede resultar para un escritor novato publicar su primera obra literaria, pero aún más difícil resulta ignorar los «cantos de sirena» de ciertos personajes que tratan de aprovecharse de aquellos que quieren publicar pero no conocen todos los entresijos del mundo editorial.

De la misma manera que ocurre con los agentes literarios aprovechados, de los que ya hablé en una anterior entrada de este blog, últimamente se han puesto de moda las editoriales que llevan a cabo prácticas muy similares. Acceden a páginas en las que nos solemos juntar muchos aspirantes a escritor o escritores aficionados, donde recopilan todas las direcciones de email que pueden. Después, envían emails a sus dueños, ofreciendo sus servicios.

Es el caso de una editorial con la que tuve oportunidad de tratar la semana pasada, llamada «Concepto Grupo Editorial», que se ponía en contacto conmigo alegando que consideraban los escritos que tengo colgados en yoescribo.com perfectamente publicables. Esta afirmación podría ser capaz de elevar el ego y la autoestima de cualquier aficionado a la escritura, salvo por el hecho de que la mayor parte de lo que he colgado en yoescribo.com no supera las cinco páginas.

El email que recibí, en dos direcciones distintas, una la que puede encontrarse entre los comentarios de este blog y otra que figura en mi ficha de yoescribo.com, incluía la url de la web de la editorial, a la cual acudí raudo y veloz, aunque no esperaba nada más allá de lo que al final encontré: autoedición. Según la página, sus servicios se centran en la «Edición de autor» (eufemismo preciosista para referirse a la autoedición) y la «Edición corporativa», es decir, imprimir catálogos de productos y panfletos publicitarios para empresas. Inmediatamente, redacté un educado email en el que dejaba claro que no me interesaba la autoedición, pero que me interesaba saber más de ellos.

Recibí respuesta en un día. En el nuevo email, me indicaban que la autoedición no era la única opción, y que también se dedicaban (oh, sorpresa) a la coedición. En un último comentario, daban a entender que en casos muy concretos, incluso costeaban ellos la edición completa. Animado por esto último, decidí escribir un nuevo email, en el que dejaba claro que la coedición tampoco entraba en mis planes, pero que aún quería conocer sus otros medios de edición y su forma de trabajo. Una semana después, todavía espero una respuesta. Qué curioso resulta ver que cuando he rechazado tanto la autoedición como la coedición, ya no me respondan, a pesar de que, según ellos, en ocasiones costean toda la edición. Si los textos míos que han leído son tan buenos como dicen, ¿no lo son también para que ellos costeen la edición? Tal vez porque nunca tuvieron intención de hacer semejante cosa, y esperaban que alguien sin experiencia literaria (léase experiencia como «libros publicados») no conociera el mundo literario y considerase que eso de pagar por publicar debe de ser lo normal.

Yo no tengo nada en contra de las decenas de autores que, conscientemente y sabiendo que hay otras opciones, deciden autoeditarse o coeditar y buscarse la vida vendiendo los libros como buenamente pueden. Lo que no soporto es a esa manada de buitres que rondan a los escritores primerizos, haciéndoles creer que van a ser la nueva sensación de la temporada y que pagar por publicar es lo más normal y lo que todo el mundo hace. Si es tan normal, ¿por qué en lugar de ir a por Jorge Urreta, vuestro humilde servidor, o cualquier otro autor sin nada publicado, no van donde Arturo Pérez-Reverte o Antonio Gala y les venden lo mismo? Seguro que las novelas de tan insignes autores son más vendibles que las mías. ¿Por qué? Porque cualquiera de esos dos autores u otros, aun los no publicados, que sepa de qué va el tema, les mandaría, con cajas destempladas, a tomar por donde amargan los pepinos.

Sé que habrá quien vea algo de paranoia en estas palabras o incluso algo de manía persecutoria, pero en el poco tiempo que llevo en esto de buscar editorial (llevo más escribiendo, pero sólo un año y medio buscando activamente) he visto tantos «lobos con piel de cordero», que se hace difícil confiar.

Por último, aunque no tiene que ver directamente con el tema de esta entrada, voy a hacer algo que los que seáis asiduos lectores de este blog, sabréis ya que no suelo hacer: comentar un comentario que he recibido.

Hace un mes y pico, publiqué un nuevo relato en el blog, «¿Quién dijo que era difícil ganar la lotería?», el cual me ha ganado un comentario de una persona, de nick «Derian», que me acusa, según sus propias palabras, de estar «obsesionado por el palabra mercantilizada y la hoja impresa». Pues bien, ya que se me acusa, me defenderé: señor Derian, siento que piense eso, pero siento también que no haya leído ni la décima parte de este blog (seguramente sólo leyó usted el relato). Si hubiera leído algo más del blog, sabría que desde que empecé a escribir, hace ya cinco años (sí cinco años), he finalizado SIETE novelas, las cuales nunca dejé de escribir, a pesar de que no sabía si las iba a publicar y durante mucho tiempo, ni siquiera me atreví a enseñarlas. He escrito cosas que han sido leídas por gente profesional, y rechazadas porque la temática no era de las que actualmente están de moda, a pesar de que mi estilo de escritura ha sido valorado positivamente en esos casos. ¿Es eso estar obsesionado por la palabra mercantilizada? Si fuera así, ¿no cree que estaría escribiendo novelas fantásticas, históricas o policíacas, los géneros de moda? Una cosa le voy a decir, amigo Derian: que usted escriba poesía (he estado en su blog), ese género algunas veces idealizado hasta límites absurdos, y yo no, no me convierte en peor escritor que usted, por mucho asco (palabra que estaba totalmente fuera de lugar en su comentario) que pueda darle.

Pido perdón a todos los poetas si se han sentido ofendido por mi último comentario, pero también he conocido personas sin el más mínimo talento para la escritura que se creían mejores que yo porque escribían «poesía». A todos los demás, no dejéis de escribir. Y a los que no escribís poesía, seguid escribiendo lo que escribáis, aunque sólo sean las etiquetas del champú. Mientras lo hagáis con convicción y buscando tanto la calidad como ayudar a los demás, aunque sólo sea a pasar un rato agradable, tendréis siempre mi respeto.

Peligros del mundo editorial: Los aprovechados

Muchos de los que leéis habitualmente este blog, habéis oído hablar o habéis sufrido a gente como la editorial Entrelineas, sobre la que se ha hablado largo y tendido en la red. De hecho, yo mismo publiqué una entrada en la que narré mi propia experiencia con dicha editorial.

Pues bien, hace poco conocí otro elemento negativo y parasitario del mundo editorial: los falsos “agentes literarios”. Quienes hayáis seguido este blog a lo largo de los últimos meses, sabéis que ando a la caza y captura de un agente literario para mis obras. Durante ese proceso, me topé con un agente, del que ya os hablé en la correspondiente entrada, que decía haber visto mis obras en yoescribo.com y se mostraba muy interesado en saber qué estaba haciendo y cuáles eran mis proyectos futuros. Le envié unas cosillas y él pasó de mí. Hasta ahí, todo más o menos normal, si no fuera por lo que he ido descubriendo en los últimos tiempos sobre dicha persona, a raíz de que se pusiera en contacto con una persona que conozco gracias a un foro literario. La historia que contaba en el foro me resultó curiosamente familiar, así que le envié un mensaje privado preguntando por ese agente del que hablaba y descubrí que era la misma persona de la que yo hablaba.

No voy a citar su nombre completo, ya que me consta que hay gente que ha publicado por medio de esa persona, y nada más lejos de mi intención que perjudicar a ningún escritor, que, como yo, tuvo que pasar algún día por el duro trabajo de buscar alguien que quisiera publicarle. Como si de una página de sucesos del periódico se tratara, lo que sí voy a mencionar son sus iniciales: J. M. R. A. Supongo que a quienes hayáis recibido la llamada de este “agente” os sonarán las iniciales, pero para aquellos que estáis en duda, aquí van unas pistas sobre él:

  • Suele contactar con gente que publica en yoescribo.com
  • Se presenta como agente literario, aunque, al menos en mi caso, escribe los emails desde una dirección de Hotmail que según la Agencia Española del ISBN está registrada a nombre de una editorial
  • Si llegáis a tratar el tema de sus honorarios, dice que cobra el 30% de los beneficios del autor, lo cual es excesivo, concretamente el doble de lo que cobran todas las agencias literarias serias de este país.
  • Es posible que os dé como referencia los datos de dos autores que “representa”. Lo de representa lo pongo entre comillas porque curiosamente, esos dos autores vieron publicadas sus respectivas primeras novelas en la mencionada editorial a la que pertenece la dirección de Hotmail

Lo que me hace sospechar, aparte del detalle de la editorial, en la que el propio agente tiene publicadas varias de sus obras, todas de no ficción, es el hecho del 30% que cobra. La mayoría de editoriales de coedición o autoedición que pululan por este país, suelen anunciar beneficios del 70% por ejemplar vendido para el autor, lo que encaja de manera muy sospechosa con el 30% que este “agente” cobra.

Y para terminar, un par de detallitos más para la correcta identificación de este personaje:

  • Su editorial se encuentra en un pequeño pueblo de Vizcaya. Alguna vez he pensado incluso en pasar por allí, ya que podría llegar en poco más de media hora, pero no creo que lo haga.
  • Para los que ya le hayáis identificado: si buscáis su nombre completo en Google, entre los resultados aparece un artículo en el que se habla de la presentación del primer libro de uno de los dos autores que presenta como referencia. En dicho artículo, se refieren a él como “editor” y no como “agente”.

Pues nada, lo dicho, id con cuidado y con mil ojos, que hay muchos lobos con piel de cordero esperando agazapados.

Un nuevo relato

¿Sabéis que hice el jueves, justo el día después de recibir el mensaje de rechazo de la agencia Sandra Bruna? Escribir un relato corto, el primero que escribo en algo más de un año. Tranquilos, no es que hubiera dejado de escribir, sino que sigo enfrascado en mi última novela, un «tocho» que va ya camino de los 400 folios, y eso con espaciado simple. Miedo me da el día que quiera enviársela a alguien y la tenga que imprimir. Espero que para entonces haya ya más gente a la que no le importe recibir manuscritos por correo electrónico. Por otra parte, ya estoy enfrascado también en buscar otro agente literario, y he enviado un pequeño resumen a varias agencias. De momento, me han contestado de un par de esas que cobran por un «informe de lectura». Sobre una de ellas, la agencia IMC, le he hecho una consulta a Prometeo, responsable del blog «Miserias Literarias», por si la conoce. Sé que es una de las agencias que se juntaron hace unos meses en un gremio de agentes literarios o algo así, pero tampoco tengo referencias suyas. Para un manuscrito de la longitud del mío, piden 80 euros, que tampoco parece exagerado. Si el informe en cuestión es útil y sincero (no como esos de las editoriales de coedición, que siempre te ponen por las nubes) tal vez merezca la pena. Bueno, después de este rollo, voy a incluir el relato. Para todos aquellos que, como yo, hayáis crecido viendo teleseries como «Historias de la cripta», «Más allá del límite» y similares, el estilo es posible que os suene. Es una idea que me vino a la mente el miércoles a la noche, estando en la cama (hay que ver cómo me fastidia que se me ocurra una idea cuando intento dormir). Al día siguiente, me puse después de comer y en poco más de una hora ya lo había escrito. El viernes lo corregí y hoy llega aquí y a yoescribo.com, donde estará subido en unas semanas. Vamos ya con el relato:

¿QUIÉN DIJO QUE ERA DIFÍCIL GANAR LA LOTERÍA?

Durante toda mi vida, mi mayor ilusión ha sido siempre ganar la lotería. Pues bien, lo he logrado.

En estos momentos, tengo ante mí una serie completa del número de lotería que salió premiado ayer a las diez de la noche, en el sorteo que batió todos los records establecidos. Por primera vez en su historia, la Organización Nacional de Loterías y Apuestas del Estado de España entregará un premio de cien millones de euros, que se dice pronto. Aunque yo ya lo sabía.

¿Y cómo podía saberlo? Porque yo ya lo vi hace una semana.

No, no tengo una bola de cristal, ni sé interpretar las cartas del tarot, los posos del café o los pelos de la calva de mi jefe, pero hace años que adquirí la capacidad de viajar en el tiempo.

Así las cosas, descansaba yo en mi casa hace una semana. Estaba viendo el sorteo de lotería en el que se daría el impresionante premio que he mencionado. Mi décimo, que jamás obtendría un premio, ni el más pequeño, estaba en mi mano. Minutos de tensión; bombos y bolas girando; bolas cayendo; desilusión. En pocos minutos, tenía en mi mano un trozo de papel inservible, con el que sólo podía hacer una cosa que, por educación, no voy a mencionar. Hice una pelota con él y practiqué mi tiro de tres puntos, tras lo que maldije mi suerte por enésima vez y volví a mi vida de siempre. Dos días después, mandé todo al carajo y tomé una decisión: iba a anotar el número del boleto premiado y me iba a hacer con él, costara lo que costara. No en vano, yo era el viajero en el tiempo. Sólo supe casualmente que el ganador del premio había sido un visitador médico de algún sitio que no recordaba, pero ese era un detalle irrelevante y que no influía, ni positiva ni negativamente, en mi “habilidad”.

Si has leído mi relato hasta este punto, supongo que ya te estarás preguntando por qué no tenía ya el boleto premiado en el momento del sorteo y qué hacía con uno cualquiera, sin al menos haber comprobado si me iba a llevar algún premio. Tal vez una pequeña incursión en el pasado, sólo para mirar, ¿no?

Nada más lejos de la realidad. No existen las pequeñas incursiones en el pasado, y pude comprobar eso cuando era pequeño y, casi de casualidad, descubrí que podía viajar en el tiempo. Tendría yo unos diez años, cuando vi que era capaz de hacer lo que otros sólo podían soñar, pero el sueño no tardó en tornarse pesadilla, en cuanto descubrí que algo así siempre tiene consecuencias. Como dijo una vez un sabio: «Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad». Pronto constaté que cualquier tontería, incluso pisar la brizna de hierba equivocada, podía desencadenar una serie de acontecimientos que llevaran a cambiar el futuro de forma radical. No es que cambiara el futuro hasta el punto de matar a mi propio padre o cosas por el estilo, pero sí lo suficiente como para asustar a un ya de por sí asustadizo niño de diez años. ¿Por qué Dios o quien sea no dará estos poderes a los tipos valientes y seguros de sí mismos?

El caso es que juré inmediatamente que no iba a volver a usar jamás ese poder, por muy tentado que estuviera. Logré mantener mi juramento durante más de quince años, pero hay cosas contra las que nadie, ni siquiera alguien capaz de viajar en el tiempo, puede luchar. En mi caso, tenía que luchar contra perder mi trabajo.

Dos días después del sorteo de lotería, con la decepción aún presente, fui llamado al despacho de mi jefe, quien tras deshacerse en elogios hacia mi persona, me comunicó que iban a rescindir mi contrato por «recortes en la plantilla». Me entregó una carta de despido y una jugosa indemnización, con lo que, en menos de una hora, estaba de vuelta en casa, sin trabajo y sin perspectivas de futuro. En momentos como ese, uno desea haber nacido en un país con auténtica movilidad laboral, y no en uno en el que cambiar de trabajo es más difícil que ganar la lotería. Fue precisamente este último pensamiento, unido al hecho de que tenía que seguir pagando la hipoteca y un coche que sabía que no podía permitirme desde que lo compré, lo que me llevó a mandar a la mierda los juramentos de la infancia. Sin pensarlo dos veces, busqué en Internet el número del boleto que ganó el sorteo e hice mi magia.

Viajé a dos semanas antes del sorteo, para tener tiempo de localizar el boleto ganador. No bastaba con saber el número del boleto, sino que además había que saber la serie ganadora, la cual, sólo se vendería en una determinada administración de lotería del país. Por eso, necesitaba averiguar dónde tenían la mencionada serie y viajar allí. Como me sabía ya ganador del descomunal premio, no temblé a la hora de despedirme del trabajo. Incluso aproveché para decir unas cuantas «lindezas» a mi jefe, que se quedó petrificado en el sitio. Como si fuera el protagonista de «Minority report», le estaba castigando por sus crímenes futuros, y lo estaba disfrutando como nunca. Aún recuerdo la cara de estupor que se le quedó cuando le hice aquel corte de mangas mientras me iba de su despacho.

Cortados los lazos del trabajo, me centré en la búsqueda, que fue bastante más sencilla de lo que esperaba. Gracias a una famosa web de compra de lotería online, pude saber que la serie premiada del número que buscaba, se vendía en una administración de la pequeña localidad de Calpe, en Valencia. Estando yo en Bilbao, me quedaba un poco lejos, pero no me importaba. Por cosas como esa había decidido viajar a dos semanas antes del sorteo. Consciente de que el dinero ya no iba a ser un problema, reservé un billete en el primer avión que aterrizaba en el aeropuerto más cercano, para la primera hora del día siguiente. Después, me di el homenaje del siglo en la marisquería de la esquina. Tardarán tiempo en reponer todo el marisco que comí esa noche.

Comprar la lotería fue rápido y sencillo. Era una serie completa, diez décimos por serie, a razón de veinte euros por décimo. Sólo doscientos euros para ganar cien millones. Ni el depósito más rentable del mejor banco del mundo me daría ese rendimiento, ni viviendo eternamente. Con mi billete en la mano, regresé a casa, contento y satisfecho. Pensé por unos instantes en viajar otra vez en el tiempo, ahora hacia el futuro, para llegar justo al día del sorteo, pero decidí dejar que el tiempo pasara sin más. Tenía dos semanas para disfrutar de unas cortas pero merecidas vacaciones. Después, tendría que ocuparme de cobrar el premio y desaparecer, antes de que se supiera de mí y toda la prensa quisiera entrevistarme. Durante dos semanas, viví a cuerpo de rey, gastando como si no hubiera un mañana. A decir verdad sólo tenía que viajar un día hacia el futuro para saber si habría o no un mañana, pero sinceramente, me daba igual.

Pero… siempre hay un pero, ¿verdad? A pocos días para el sorteo, decidí que había olvidado decirle unas cuantas cosas a mi ex jefe y quise volver al pasado para decírselas todas. Podría haber caminado hacia su oficina y habérselo dicho todo, pero era consciente de que alguien, el guardia de seguridad con su porra y esposas, o su secretaria, impedirían que llegara tan lejos. Por eso, y aunque me viera obligado a volver a viajar a Calpe a por lotería, decidí volver hacia atrás, a cuando aún trabajaba.

No pude. Por primera vez en mi vida, mi poder falló. No sé qué pudo ocurrir. Tal vez se me agotara la batería (o lo que sea que me hacía viajar en el tiempo) o tal vez el viaje en el tiempo tenía caducidad. No sé cuál pudo ser la causa, sólo sé que ya no pude viajar en el tiempo a partir de ese momento. Lo intenté todo, desde relajarme con tila, marihuana y alcohol, hasta meditar cual monje budista, pero nada funcionó. Me odié por ello y odié mi perdido poder, aunque tardé poco en calmarme, cuando recordé que tenía, guardados en el cajón de la ropa interior, unos potenciales cien millones de euros.

Y aquí estoy, con mis décimos de lotería en la mano, junto a la taza del váter, decidiendo qué hacer con ellos. ¿Por qué tengo que decidirlo? ¿Por qué no voy directamente a cobrarlos? Porque mi vida es una mierda y soy el mayor hijo de puta sobre la faz de la tierra.

Pisé la brizna de hierba equivocada. El ganador original de los cien millones de euros fue un hombre de Calpe, llamado Juan Coslada, que no fue lo suficientemente hábil para ocultarse. Pero eso no viene al caso, así que seguiré con mi historia. Juan Coslada es visitador médico. Si en el sorteo de ayer, él hubiera ganado los cien millones, como ya había ocurrido una vez, hubiera dejado su trabajo (probablemente mandando a la mierda a su jefe, como alguien que conozco). Pero no lo ha hecho, porque no ha ganado el premio. Y esta mañana, cuando se dirigía a visitar una serie de farmacias en toda Vizcaya, su coche ha perdido el control, debido a una enorme placa de hielo en la autopista, y ha chocado de frente con un autobús que se dirigía hacia la costa, llevando de vacaciones invernales a un grupo de jubilados de toda Vizcaya. De por sí, este hecho es ya un error, un gran error sólo achacable a mi «irresponsabilidad temporal», pero hubiera podido vivir con él, si no fuera porque mis padres eran dos de esos jubilados. Sí, indirectamente, he matado a mis padres.

Nadie podría entender por qué en estos momentos me siento una mierda, y nadie me creerá cuando diga que yo maté a mis padres porque viajé en el tiempo. Ni siquiera conservo ese poder para convencer a nadie de que puedo hacerlo. Tal vez debería repartir este dinero entre mi familia o donarlo a asociaciones de jubilados de todo el mundo, pero ni eso me haría sentir mejor. Llevo casi dos horas de pie, con los décimos en alto, decidiendo si los suelto, tiro de la cadena y dejo que el agua se lleve mi culpa.

Han pasado otras dos horas. Después de tanto pensar, este texto, que pretendía ser una confesión y una manera de redimirme, se va a convertir en una nota de suicidio. Sé que no podría vivir con esta culpa, ni con cien millones ni con cien mil, así que he decidido irme, y no sólo a otro país. Desperdiciar cien millones y dejar que se los quedara el Estado sería una estupidez, así que he enviado los décimos, uno por uno, a diferentes personas y asociaciones que sé que los merecen. Espero que cada una disfrute de sus diez millones. Me voy sabiendo que algo bueno va a salir de mi gran error. Con el poco dinero que me queda (demasiadas langostas han hecho mella en mi economía), he comprado una pistola y unas balas en un barrio marginal. El tipo que me la ha vendido ha sido muy amable al mostrarme cómo usarla. Por desgracia, no ha intentado robarme o matarme con la pistola que me estaba vendiendo, casi lo hubiera agradecido. Se acabó, ha llegado el momento de decir adiós a este mundo y hola a uno nuevo, donde podré pedir perdón a mis padres en persona. Espero que sea verdad que el infierno no existe o no podré verles. Además, uno no puede suicidarse de nuevo una vez muerto.

Adiós a todos. Si alguien publica mi triste historia alguna vez, espero que no olvide pagar derechos de autor a mis parientes vivos

FIN

No pudo ser

Se ha intentado, y esta vez he llegado más lejos que nunca, pero no ha podido ser. Esta mañana he recibido el puntual email de la agencia literaria, justo un mes después de la última comunicación, tal y como habían prometido. En él me comunican que después de hacer la valoración final de mi manuscrito, han decidido no representarme. Me ha bastado la primera palabra («Lamentamos») para darme cuenta.

No es algo nuevo para mí y ya he recibido en el pasado cartas o mensajes rechazando un manuscrito mío, pero esta vez el golpe ha sido más duro. No creo que sea suficiente para derribarme o conseguir que deje de escribir, pero sí para dejarme un tanto bajo de moral (tal y como estoy mientras escribo estas líneas) y con pocas ganas de escribir hoy, como hice ayer por la noche y muchas otras noches en el pasado. Hasta ahora, me jactaba de estar ya acostumbrado a las largas esperas, pero esta vez debo reconocer que me había ilusionado, tal vez demasiado. El comienzo fue positivo, cuando la agencia me pidió el manuscrito después de leer la sinopsis que les había enviado, y fue a mejor cuando dos meses después, recibí un email en el que me comunicaban que habían recibido una respuesta positiva de parte de su lector, pero que debía esperar un mes más hasta tener la respuesta definitiva.

La respuesta ha sido negativa y en parte desalentadora, pero debo quitarme el sombrero ante una agencia que ha cumplido con los plazos prometidos y me ha tratado con un respeto admirable. Ahora creo ya que no tiene sentido seguir ocultando el nombre de la agencia, que además se merece toda publicidad positiva: es la agencia Sandra Bruna —sé que algunos ya lo habiáis deducido—, cuya profesionalidad admiro. Es más, creo que en cuanto me recupere de este golpe —tal vez dentro de un par de horas— les voy a enviar otra propuesta. Aunque no me hayan querido representar con esta novela, no es lo único que he escrito, ni será lo último. Si he llegado hasta el punto en que debían decidir si representarme o no y pasé la criba del comité de lectura, algo debieron de ver en mi estilo o mi forma dr escribir, y, como ya he dicho otras veces, he escrito ya unas cuantas cosas más.

Gracias a todos los que me habéis dado muestras de ánimo estos meses. Quiero creer que estos tres meses transcurridos desde que envié la propuesta inicial han servido para algo. Algunos no tenemos mecenas ni contactos que nos abran puertas, así que quiero pensar que por lo menos habré dejado algún tipo de huella en la agencia, al menos para que cuando les mande otras cosas no les suene a deconocido.

De momento, voy a seguir escribiendo, no sé si esta misma tarde/noche o mañana, pero pienso seguir. Otro plan que tengo, aunque todavía queda un poco lejos, es presentarme de nuevo a un premio literario de yoescribo.com, en este caso el de relato. Tengo un relato cuyas características lo hacen válido para el premio y que lleva casi dos años ocupando un puesto entre las 10 obras más leídas de la categoría de novela negra. La historia se llama «¿Quién dijo miedo?», y creo que puede salir adelante. El plazo de entrega no se inicia hasta el 1 de septiembre, así que todavía tengo que esperar un mes y medio para poder apuntarme. El sistema es como el de novela, iniciándose las votaciones en este caso el 1 de diciembre y terminando el 31 de del mismo mes. Si lo bajáis, que espero que lo hagáis, y os gusta, no olvidéis votarme en diciembre.

Eso es todo por hoy. Siento el rollo tan largo que me ha salido, espero que no os haya aburrido.

Hasta mi próximo intento.

Actualización: La luz al final del túnel

Hoy he recibido un email verdaderamente alentador y que me permite ver una luz al final del túnel. Aún está lejana, pero parece que empieza a definirse.

Me ha escrito la agencia literaria de la que he estado hablando en mis últimos artículos, y que, cada día que pasa, me gusta todavía más. Si recordáis, escribí un artículo el día que les envié mi manuscrito por correo, hace exactamente dos meses, el 10 de abril. Lo curioso es que en su día, me dijeron que tardarían dos meses en darme una respuesta, a partir del momento en que recibieran el manuscrito, y el plazo no ha posido ser más exacto.

Según el email, han recibido un informe positivo de su lector, lo que pinta bastante bien. Me piden un poco más de paciencia, ya que quieren evaluar el manuscrito con más detalle. Me darán una respuesta definitiva el mes que viene.

Como podéis suponer, estaba casi a punto de proferir un grito de alegría mientras leía el email, hasta que he leído eso de que tengo que esperar un mes más. De todos modos, confío es que sea un mero trámite, de cara a detectar algún fallo que deba corregir o algún pasaje de la obra que no termine de convencerles. Me lleva a pensar eso el hecho de que, como conclusión del mensaje, me preguntan si existe ya alguna otra agencia literaria interesada en representarme. Parecen interesados, pero también cautelosos, lo que, en cierto modo, deja nuevamente a las claras su profesionalidad.

No sé si lo comenté en su día, pero esta agencia, cuyo nombre no revelaré hasta que haya firmado el contrato de representación (toco madera), representa al autor de uno de los mayores best sellers de este país en los últimos tiempos, por lo que estoy especialmente ilusionado con que hayan visto posibilidades en mi manuscrito y muestren cierto interés en representarme. Quién sabe, tal vez este mes sea para que hagan un primer contacto con alguna editorial amiga suya. No sé exactamente cómo funciona una agencia literaria (nunca antes había llegado tan lejos con una), y todo lo que pueda imaginar puede estar equivocado, así que prefiero apagar mi mente por un tiempo, antes de que mi a veces hiperactiva imaginación me haga volverme loco. Pero a pesar de eso, una agencia de renombre y con buena fama como la que nos ocupa, encargará sus informes de lectura a personas de solvencia ya acreditada, ¿no?

En estos momentos, estoy como flotando. Dentro de un rato o unos días pondré de nuevo los pies en la tierra y esperaré con paciencia que llegue el 12 o 13 de julio, ya que, atendiendo a la puntualidad suiza de esta agencia, será la fecha aproximada en la que me responderán con su decisión definitiva. Cruzad los dedos conmigo. Si lo consigo y ellos me consiguen un contrato de edición, será un sueño hecho realidad, y mi oportunidad para que las historias que bullen en mi cabeza lleguen a más gente.

Como siempre, os mantendré informados.